jueves, 18 de mayo de 2017

Crítica del concierto de The Handsome Family en Valencia


Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron los norteamericanos The Handsome Family hace unos días en la sala Loco Club de Valencia, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia de esta semana.

Carreteras secundarias

El núcleo duro de The Handsome Family: Brett y Rennie Sparks.

El factor “True Detective” escenificó un acento algo atenuado en Valencia. El matrimonio real y creativo que forman Brett y Rennie Sparks desde hace más de veinte años cobró visibilidad a partir de aquel momento en el que su tema, “Far From Any Road”, fue escogido para ilustrar los créditos iniciales de la serie de HBO, protagonizada por Matthew McConaughey y Woody Harrelson, pero la parroquia de fieles reunida en el Loco, pese a ser nutrida, estuvo lejos de concretar un sold out. En cualquier caso, su concierto fue más que reconfortante. Los norteamericanos The Handsome Family son respetuosos con las raíces, pero suficientemente clásicos (o atemporales) como para que nadie les cuadricule en un folk estrictamente vetusto -ni en el guiño vintage, desde luego- . Son instrumentalmente diligentes, pero concisos en sus desarrollos, evitando así el bostezo.

Son afables e incluso cachondos -sobre todo Rennie y sus ensaladas lingüísticas en un improvisado spanglish- sin por ello resultar cargantes. Sus historias no son precisamente la alegría de la huerta: conectan con esa tradición del gótico sureño que les aleja de las visiones más tópicas del country alternativo (y no digamos ya del countrypolitan), mediante la habitual galería de personajes extraviados por las caminos secundarios de la vida. La voz grave de Brett Sparks, que tanto recuerda a la de correligionarios como David Eugene Edwards (Sixteen Horsepwer) o, sobre todo, a la del malogrado Robert Fisher (The Willard Grant Conspiracy, falllecido en febrero pasado) hace el resto. No son una banda extraordinaria, pero son solventes y, sobre todo, plenamente genuinos.


Carlos Pérez de Ziriza.   

jueves, 11 de mayo de 2017

Valencianos por el mundo: Sacromonte, Pep Llopis y A. Marti


Hay músicos que, por circunstancias de la vida, acuden a sacarse las castañas del fuego en otro país. Y hay otros que, aún viviendo aquí, experimentan la contradictoria sensación de ver cómo su obra -olvidada durante años- acaba siendo reivindicada y reeditada a miles de kilómetros de su tierra. La repercusión de su obra, en cualquier caso, acaba siendo mediatizada por enormes distancias. 

Con ellos podríamos articular nuestra particular saga de valencianos por el mundo (parafraseando esos programas de televisión que centran su foco en la diáspora -generalmente laboral- de muchos de ellos). En cualquier caso, vale la pena detenerse en lo peculiar de tres músicos que justo estos días editan sus nuevos trabajos: el caso de Alberto R. Lucendo y su proyecto Sacromonte, Pep Llopis y A. Marti.

Sacromonte: Alberto R. Lucendo desde Berlín. 

El castellonense Alberto R. Lucendo (integrante en su momento de Los Amantes o Montefuji) lleva años residiendo en Berlín, y aunque casi todo el contenido de su primer álbum al frente de su proyecto Sacromonte lo tenía ya ideado tras largas estancias en Benicàssim, ha sido ahora, desde la capital alemana, cuando ha reunido fuerzas para darle el último empujón. Lo ha editado en la discográfica granadina Luscinia Discos, crisol de talentos heterodoxos (Javier Colis, El Ser Humano, Ana Béjar), así que no es de extrañar que su contenido destile un folk brumoso y onírico, repleto de guiños al ambient, acolchado sobre loops de guitarra y teclados, y que escapa por completo del formato habitual de canción. Y menos aún sabiendo que su mano derecha ha sido su paisano Rauelsson (Raúl Pastor, otro castellonense de vocación universal, quien se encarga de los pianos y teclados) ey que ha gozado de colaboraciones como la de la propia Ana Béjar (Usura, Orlando), quien aporta su voz a “Black Mountain”. Él mismo se considera un coleccionista de sonidos, más que un músico al uso, así que la composición de una banda sonora para una película sobre la bailaora Sara Baras (dirigida por Rafa Molés y Pepe Andreu, estrenada en el Festival de Cine de Málaga), su proyecto inmediatamente, es una prolongación bastante lógica de su propuesta.

Pep Llopis, su parte, vive bien cerquita de nosotros, en L'Eliana (Valencia). Formó parte de los progresivos Cotó-en-Pèl (cuyo único álbum vio la luz en 1978), y es -desde hace 1983- el compositor habitual de la compañía teatral Ananda Dansa. Hasta ahí, todo normal. Lo que quizá no tanta gente sepa -o recuerde- es que en febrero de 1986 llenó a reventar el ya extinto Teatro Princesa con un espectáculo titulado Poiemusa, La Nau dels Argonautes (dentro de un ciclo en el que compartía cartel con Wim Mertens y Carles Santos), que recibió un premio de la Conselleria de Cultura de la Generalitat. Aquel espectáculo se escenificó en paralelo a la edición de un disco homónimo, editado por la histórica indie madrileña Grabaciones Accidentales. Pues bien, aquel álbum, que orbitaba en torno al poema homónimo de Salvador Jàfer (su voz se puede escuchar en algunas de sus canciones, junto a la de Montse Anfruns, fallecida hace pocos años) y que revelaba una formación alentada por LaMonte Young o Steve Reich, hace años que se cotiza por más de 100 euros en internet. Y ha tenido que ser una discográfica de Nueva York, RVNG (a través de su subsello Freedom To Spend), en la que comparte roster con Holly Herndon o Julia Holter, la que se haya encargado de reeditarlo con todos los honores. El resultado, evocador, estimulante y sugestivo hasta decir basta, absolutamente atemporal -nada rehén de su tiempo- y delicioso, rescata una forma muy mediterránea de filtrar los preceptos del ambient y el minimalismo, en absoluto lejana a la de Brian Eno e incluso a algunos de los pasajes de discos de Tortoise de la segunda mitad de los 90. Una de las reediciones del año, sin duda, que viene además a desenterrar un fascinante y reivindicable fragmento de nuestro legado musical.


La carrera de otro valenciano, Andrés García Martí, por su parte, está aún por desarrollar, pero nos escribe desde Noruega y vale la pena detenerse en ella por un momento, aunque tan solo pueda brindarnos dos canciones (como adelanto de un álbum que saldrá en septiembre). Son “True Countries” y “The Moon of Stavanger”, que muestran los contornos de una canción de autor en inglés y de taciturno tinte pop, bien tramada pese a su factura algo casera (se nota que no estamos precisamente ante un millenial, vaya), y que suscita la curiosidad por ver cómo se desarrolla en formato álbum. Folk de amplio espectro, si se le quiere llamar así. El planteamiento teórico, tan elaborado como puedan serlo los de las dos referencias anteriores, tiene su miga: basándose en la literatura de Isaac Asimov, se sitúa en un escenario futurista (2317), en el que sus canciones son redescubiertas en Noruega como testimonio de lo que fue la humanidad en 2017, por dos ingenieros que deciden viajar en el tiempo. Casi nada.  

SacromonteRime (Luscinia Discos)
Pep LlopisPoiemusa La Nau dels Argonautes (Freedom To Spend/RVNG Intl.)
A. Marti The Moon of Stavanger (Autoeditado)

Carlos Pérez de Ziriza.


miércoles, 19 de abril de 2017

Crítica del concierto de Laura Cantrell en Valencia

Nos hacemos eco de la publicación de nuestra crítica del concierto que ofreció la norteamericana Laura Cantrell hace unos días en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado en el número de la Cartelera Turia que se pone a la venta esta semana.


Inmejorable forma de pasar un domingo por la tarde

Laura Cantrell: ingravidez casi atemporal. 

Laura Cantrell es la clase personificada. No tiene el arrojo sanguíneo ni el derroche de actitud de una Nikki Lane, pongamos por caso (es el primer nombre que se nos vino a la cabeza, de entre las féminas que nos han visitado en los últimos tiempos abonadas al rock de raíz norteamericana), pero la serena belleza de su voz tiene ese punto de ingravidez, casi atemporal, que hace que las bocas callen y el entorno (domingo tarde, más que discreta afluencia) apenas importe. Más que digna heredera del sonido de esa Nashville en la que se crió y a la que acude de cuando en cuando para grabar sus álbumes, Cantrell ha afirmado con orgullo en más de una ocasión no querer constreñirse a una visión demasiado ortodoxa o excluyente del country.

Y lo cierto es que cuando aborda maravillas como “Someday Sparrow” o “Not The Trembling Kind” (pieza homónima de su exitoso primer álbum) hay que darle la razón, por la forma en la que, más allá de aditamentos como el violín y el banjo (presentes durante buena parte de la velada), tiende puentes con un pop de muchos quilates, sin prefijos ni sufijos, un poco a la manera de Neko Case. “Queen of The Coast”, el preceptivo homenaje a Kitty Wells que es “Kitty Wells Dresses” o el rescate de “The Whiskey Makes You Sweeter” fueron otros de los puntos álgidos de un concierto delicioso y de sonido impoluto. Atípico, por aquello del domingo tarde, pero absolutamente delicioso.


Carlos Pérez de Ziriza.

Polock, Mist, Le Garçon Rêvé y Gent del Desert

Retomamos la actualidad valenciana con cuatro nuevos álbumes, el tercero de Polock, el sexto de Mist, el segundo de Le Garçon Rêvé y el sexto de Gent del Desert.

Polock: emprendiendo nueva etapa reducidos a trío y sintetizando algunos de sus mejores argumentos.


Quizá cansados de su condición de sempiternos aspirantes a dar el salto a la primera división (en cuanto a popularidad) de nuestro pop, Polock han vuelto con un disco en el que parecen querer conjugar lo mejor de sus dos álbumes precedentes: la inmediatez de Getting Down From The Trees (2010) y el aprecio por las texturas atmosféricas de Rising Up (2014). Puede que en el intento estén más cerca que nunca de sonar a Polock y solo a Polock (al fin y al cabo, algo a lo que cualquier banda debería aspirar), y trascender ese esteticismo que a muchos puede parecerles algo hueco, y que tantas comparaciones (The Strokes y Phoenix, fundamentalmente) les granjeó en el pasado. Así que ahora, reducidos a trío (tan solo Papu Sebastián, Pablo Silva y Marc Llinares) y bajo el amparo de Sony, puede decirse que los Polock de 2017 se muestran más desenvueltos y con la mochila de prejuicios más vacía que nunca sobre sus espaldas, sin renunciar a la pegada instantánea (“Out Of The Blue”, “Oh I Love You”) pero luciendo también guitarras eléctricas y teclados que remiten a los años 70 (los arreglos de “Morricone” y sus soluciones melódicas no andan lejos ni del rock progresivo ni de la ELO), desarrollos instrumentales que evocan el funk a la manera de los últimos Tame Impala (“Venecia” y “Cactoos or Bamboo”) e incluso un baladón como el tema titular, que el mismo Ed Harcourt habría estado encantado de firmar. El próximo 19 de mayo estarán en el festival Tomavistas de Madrid.

Rick Treffers, por su parte, cierra el círculo de Mist, el proyecto que le ha tenido ocupado durante los últimos quince años, con Underwater, un suculento compendio de canciones inéditas y rarezas que el músico holandés -afincado desde hace años en Valencia- tenía en la recámara desde hace años, pero habia ido posponiendo en el tiempo, lo que le ha dado la opotunidad de redondear la miscelánea con cuatro temas nuevos, que en un principio iban a entrar en el notable The Loop Of Love (2015). Destacan las colaboraciones de Alondra Bentley (a dueto en “Fade In Fade Out”) y Maria Rodés (“Hey”, en castellano), junto a las versiones de Janis Ian (“At Seventeen”), The Walker Brothers (“The Sun Ain't Gonna Shine Anymore”) y Burt Bacharach (“The Bell That Couldn't Jingle”). En la nómina de músicos figuran los valencianos Gilberto Aubán (Gilbertástico), Remi Carreres, Dani Cardona o Sergio Devece, ya habituales en sus últimos trabajos. Una excelente forma de cerrar el capítulo más largo de una trayectoria que ya inició hace más de dos décadas -primero con Girlfriend Misery y luego con Miss Universe- y que, dada su siempre elegante manera de destilar las esencias del soft rock, el pop de cámara y otros nutrientes pop de muchos quilates, aún debe dar buenos frutos en un futuro. La próxima semana, el 25 de abril será telonero de excepción de Françoiz Breut en La Rambleta de Valencia, antes de celebrar su cumpleaños en el Café Tulsa de Valencia (el 13 de mayo) y de ir a La Lata de Bombillas de Zaragoza (19 de mayo). 

Otros dos músicos foráneos afincados desde hace tiempo en Valencia son el francés John Martínez y el argentino Diego Summo, quienes siguen dando vida a Le Garçon Rêvé, el proyecto que emprendieron tras la disolución de los fabulosos Megaphone Ou La Mort. Eat Your Make Up es su segundo álbum, tras Songs For Mediocre Men Vol. 1, y sustancia un nuevo paso en la evolución de su propuesta, desprovista del cableado eléctrico de los Megaphone pero no por ello exenta de la misma intensidad, ahora filtrada a través de un pop eminentemente acústico y crepuscular, en el que la clase es algo que -desde luego- no se negocia. El saxo de José Luis Granados (“Last Edition of Love”), la viola de Francisco Roldán en otros tres temas o la voz de Rebecca Amar (“Ode à Més Nuits”) apuntalan la serena y embriagadora belleza de su música.

Y cerramos este recuento cambiando de tercio, aunque el giro sea más idiomático que estilístico, porque tampoco se puede decir que folk rock pregonado por el veterano Jesús Barranco (Sade, Rubber Souls) y sus Gent del Desert, que propone conexiones con la tradición local desde hace más de una década, habite en las antípodas. Ésser Viu, su sexto álbum ya, responde precisamente a su título: un disco de quince canciones ya conocidas de su repertorio pero grabadas en vivo, en el estudio del Centre d'Interpretació Turística de la Sierra de Mariola de Ontinyent (Valencia), a través de la cual desfila toda una galería de personajes (“Joan el Guitarró”, “Toni Pep”, “Sant Dimoni”, “La fuga de Cameta”) que forman parte de nuestra cultura popular, junto a adaptaciones de Ovidi Montllor (“Montserrat”), Bob Dylan (“Massa matins”), Dire Straits (“Aigua d'amor”) y Eric Bogle (“I la banda tocà el vals de Matilda”). Es, por cierto, es la suya la última edición del sello valenciano Comboi, que echó la persiana hace un par de meses tras once años de infatigable actividad. Una triste noticia, se mire como se mire. 

Polock – Magnetic Overload (Sony)
Mist Underwater (Skipping Recordings)
Le Garçon RêvéEat Your Make Up (Autoeditado)
Gent de DesertÉsser Viu (Comboi)


Carlos Pérez de Ziriza.

jueves, 13 de abril de 2017

Crítica del concierto de Glen Hansard en Valencia

Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció Glen Hansard hace unos días en La Rambleta de Valencia, y que salió publicada en el número de esta semana de la Cartelera Turia.


Intérprete más que convincente

Glen Hansard: metiéndose al público en el bolsillo de base de intensidad y locuacidad (Foto: María Carbonell).

Quizá si los caminos del cineasta John Carney y Glen Hansard no se hubieran cruzado en 2006, este último seguiría siendo un músico de minorías, otro trovador en medio de un paisaje hiperpoblado de folk singers semianónimos. Sea como fuere, e independientemente del éxito de aquella modesta película (Once), la carrera del vocalista irlandés ha trazado una línea consistente desde que por primera vez se asomara a una gran pantalla como guitarrista en la ya lejanísima The Commitments (Alan Parker, 1991), tanto en sus tiempos al frente de The Frames como en The Swell Season, junto a la misma Markéta Irglová que le acompañó en los fotogramas de Once.

En cualquier caso, no hay nada como crecer al albur de las grandes oportunidades. Porque en la que era su primera visita a Valencia, en un sótano de la Rambleta prácticamente lleno, Hansard ratificó su condición de intérprete más que convincente. Quizá no un compositor genial -ni mucho menos- , pero sí un vigoroso lector de libros de estilo de cuya tradición se sabe legatario, y a cuyos renglones insufla nueva vida merced a una intensidad que por momentos resulta desbordante. Y a merced de actuaciones que parecen no tener previsto un guion.

Sin apoyo de banda alguna, tan solo con su colección de guitarras y un piano, demostró vis de consumado y desenfadado entertainer (quizá sería más preciso lo de storyteller) y desplegó un rango de registros que, por suerte, fue más allá de la melaza que desprenden su cinematográfica e irrenunciable “Falling Slowly” (que cayó, por supuesto) y algunos pasajes del último largo tramo (al menos, largo se nos hizo a nosotros) de su actuación. Gravitando, por ejemplo -y de forma puntual-, entre la espiritualidad de un Van Morrison y la aspereza de un Tom Waits sin cacharrería, reinterpretando a los Pixies (“Levitate Me”) o rebuscando en el fondo de armario de Woody Guthrie para atizar con humor a Donald Trump y su infausto muro (“Vigilante Man”). Apenas le costó meterse al público en el bolsillo.



Carlos Pérez de Ziriza.

lunes, 27 de marzo de 2017

Crítica del concierto de Alejandro Escovedo en Valencia

Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció hace unos días Alejandro Escovedo en el Loco Club de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de las Cartelera Turia de esta semana. 

Respeto máximo

Mr. Escovedo, quien incluso se atrevió a versionar al Leonard Cohen más crepuscular sobre el escenario del Loco Club (Foto: María Carbonell)

Con la marabunta fallera sometiendo a la ciudad al habitual estado de sitio de cada mes de marzo, el tejano Alejandro Escovedo, auténtico verso suelto y superviviente -en todos los sentidos- del rock norteamericano (también precursor poco reconocido de algunas de sus claves recientes) durante las últimas cuatro décadas, desplegó uno de sus proverbiales derroches escénicos, rebosantes de oficio y entrega. Obviamente, ni Peter Buck (R.E.M.) ni Scott McCaughy (Young Fresh Fellows), los dos músicos con los que dio forma al espléndido Burn Something Beautiful (2016), su último trabajo, estaban allí para apoyarle. Ni siquiera la guitarra de Kurt Bloch (Fastbacks) o la batería de John Moen (The Decemberists). 

Pero tampoco importó demasiado, porque los italianos Don Antonio (la banda del siciliano Antonio Gramentieri, quienes habían actuado antes como teloneros con una diversa ración de rock and roll de la vieja escuela) se erigieron en el complemento perfecto para una noche pródiga en momentos que bordearon lo memorable, como la robusta “Horizontal”, una “Sally Was a Cop” absolutamente incendiaria o la inesperada versión del “A Thousand Kisses Deep” de Leonard Cohen que se marcó para finalizar el primer bis. Suficiente para que el hecho de mentar a The Band o Neil Young & Crazy Horse no fuera esa noche, ni mucho menos, una herejía, sino el reconocimiento de un linaje al que este indesmayable músico se ha hecho acreedor con mayúsculas desde hace varias décadas. Un bolo extraordinario, y otra invocación a profesarle respeto máximo.


Carlos Pérez de Ziriza.  

jueves, 23 de marzo de 2017

Chuck Berry (1926-2017), el riff eterno

Nos hacemos eco de nuestro obituario sobre Chuck Berry, que ha publicado la Cartelera Turia en el número que se pone a la venta en kioscos y librerías este viernes.


                                             Chuck Berry:


Aunque los lamentos por su muerte han inundado las redes sociales (como suele ocurrir en estos casos), no había precisamente una gran inquietud últimamente en torno a la salud de Chuck Berry (St. Louis, Missuori, EEUU, 1926-St. Charles, Missouri, EEUU, 2017). No al menos más allá de constatar que, de aquella famosa fotografía en la que aparece junto a Leonard Cohen y Keith Richards, y que tanto se ha viralizado estos días, tan solo queda ya en pie el guitarrista de los Stones. Pese a su inapelable rol seminal en la mitología rock, gestada durante los años 50 del siglo XX a base de riffs canónicos y letras que, escritas astutamente desde su sagaz atalaya de la treintena, daban voz a la pujante clase media adolescente de la época, había algo en él que invitaba a no mitificarle en exceso: seguramente ese carácter propenso a la caricatura (se nos ocurre la palabra cartoonish, que emplean los anglosajones, pero no damos con mejor traducción), el mismo que le llevó a ser carne de reformatorio en su adolescencia, a caer en desgracia en 1959 tras la acusación por trata de blancas que dio con él en la cárcel (y que llegó un poco después de la marcha de Elvis al ejército o del desgraciado escándalo de Jerry Lee Lewis por casarse con otra menor: más síntomas de aquel ocaso generacional de mitos de los 50), a defraudar impuestos en 1979 o a ser multado por instalar videocámaras en los lavabos femeninos de un restaurante de su propiedad en 1990.

Amén de su estampa enjuta y malencarada, y de su bien ganada fama de huraño y avaro, poco dispuesto a regalar ni un minuto más de su tiempo en ninguno de esos conciertos en los que acostumbraba a cobrar por adelantado desde tiempos inmemoriales. Tanto quienes le vieron en Valencia en noviembre de 1992 (Arena Auditorium) como quienes lo hicieron en marzo de 2008 en Castellón (Auditori i Palau de Congressos), en las que fueron sus dos únicas visitas a la Comunidad Valenciana, podrán dar fe del celo con el que milimetraba sus conciertos. Y para redondear el cuadro en una cultura tan presta a la fagocitación de hallazgos sonoros, además -por si hace falta recordarlo- era negro. Tampoco se retiró nunca de los escenarios, salvo por imperativo legal, con lo que eso comporta en el sentido de formar parte habitual de un paisaje que tampoco tuvo mucho tiempo para echar en falta ese paso del pato del que hizo gala hasta sus últimos bolos. Más motivos para que la entronización solo fuera generalizada con carácter post mortem.

Con todo, abundar en la enorme influencia de sus canciones, aldabonazos básicos y elementales de la ortografía primeriza del rock and roll, puestos en circulación por la emblemática Chess Records, resulta seguramente reiterativo, pero corresponde hacerlo porque sin sus canciones no se entenderían los primeros balbuceos de los Rolling Stones, The Beatles e incluso -en menor medida, claro- los Beach Boys o Bob Dylan. Los dos primeros se abastecían primordialmente de su repertorio en sus primeros tiempos, lo que da una idea del fervor con el que su obra fue acogida en el Reino Unido desde la primera mitad de los años 60. Irónicamente, y en uno de esos chocantes lances del destino que a menudo depara la historia del rock, tuvo que lograr su único número uno en su propio país cuando ya se le consideraba una antigualla del pasado, en plena resaca hippy y con el glam en capilla, con la tontorrona "My ding-a-ling" (1972), referencia a la masturbación masculina. Para entonces, los riffs de guitarra que dieron forma a “School Days”, “Roll Over Beethoven”, “Too Much Monkey Business”, “Johnny B. Goode”, “You Never Can Tell” o “Sweet Little Sixteen”, y las historias de emancipación juvenil y sexual que él mismo escribía de su puño y letra (impepinables y concisas muestras de síntesis de la música popular: su papel como letrista se ha revindicado con frecuencia estos días) ya eran parte nuclear del Antiguo Testamento del rock. Vestigios de un pasado que parece de otra era, pero se resiste a morir: en breve verán la luz las canciones que pretendía incluir en su primer trabajo discográfico de estudio desde 1979, con las que empezó a celebrar su noventa cumpleaños. La primera, "Big Boys", ya lo ha hecho. 

Carlos Pérez de Ziriza.