martes, 23 de agosto de 2016

vine Waltz, Tardor, deBigote y Gatomidi: entregas en corto

Volvemos a orientar el radar a la actualidad discográfica valenciana con cuatro discos que exprimen la distancia más corta, la que va del single de una sola canción al EP de cinco temas, pasando también por las tres composiciones. Una buena forma de entretener la espera, aún con el sol de finales de agosto pegando bien fuerte, ante un otoño que se prevé cargado de trabajos destacables. Son las últimas entregas de vine Waltz, Tardor, deBigote y Gatomidi

vine Waltz: Julio Fuertes o un hombre llamado caballo (Foto: Estrella Jover)

Dice que Paul McCartney, Stevie Wonder y Prince son sus principales influencias, filtrados a través de la electrónica de Justice, Mr. Oizo o Aphex Twin, y la verdad es que la confesión no suena en absoluto a boutade tras la escucha de los cinco temas que conforman el debut de vine Waltz. Que no es más que el proyecto en solitario de Julio Fuertes, el teclista de los valencianos Johnny B. Zero, ahora mismo en capilla ante lo que debe ser su segundo álbum. Cinco canciones producidas al alimón entre él, su compañero Juanma Pastor y Carlos Ortigosa, que se podrían inscribir en la galaxia de insignes iconoclastas como Ween o rastreando los pasos del Beck menos convencional.

Tardor, por su parte, entretienen la espera hasta que llegue su tercer álbum con un single tan entusiasta y jovial como su propio título indica, “Eufòria”. De nuevo con la ayuda en la producción del ubicuo Pau Paredes (Twelve Dolls, Kostrok, Modelo de Respuesta Polar, STTL), aligerando de gravedad su propuesta y avivando el componente rítmico (su trote es casi Motown) de su rock filoalternativo, en la estela de Kings of Leon o The Gaslight Anthem.

También destilando su producción en dosis extremadamente medidas, los castellonenses deBigote siguen abriendo el apetito del personal ante el que debería ser su segundo largo (de hecho, esto es un adelanto), con una nueva canción producida -tras aquel “Cosmos”, su anterior sencillo, de finales del año pasado, que supervisó Xavi Muñoz- por Remi Carreres (Glamour, Comité Cisne, Jean Montag, Coleccionistas). El resultado es "Familia Feliz", un tema que se empezó a grabar “el día que murió David Bowie”. Así lo confiesan, sin rubor, en su carátula. Y no hay mejor homenaje posible si se trataba de resaltar su ascendiente, porque es otra canción pop extraordinaria, subrayada -como es costumbre- por una letra sobresaliente.

Y finalizamos con Gatomidi, el trío originario de Mota del Cuervo (Cuenca), al que cada vez le unen menos vínculos con Valencia (se mudaron a Madrid hace un par de temporadas). Aún así, siguen grabando cada nueva entrega en el estudio de Luis Martínez (Euro Trash Girl, Senior i El Cor Brutal, La Gran Esperanza Blanca). Siempre les hemos dispensado un más que merecido hueco en este blog, y sus últimas tres canciones no van a ser una excepción. The Flower's Cavern (Part One) ameniza la espera del que debe ser su tercer álbum este otoño, mostrando la veta más melódica y atmosférica del trío que encabezan Jimena Quejigo y Nolasco Contreras. Cercana en ocasiones a una psicodelia bailable que puede recordar los tiempos de Madchester sin sonar a naftalina, como ocurre en “Space”.


Vine WaltzVine Waltz (Hall of Fame)
TardorL'eufòria (Mesdemil)
deBigoteFamilia Feliz (Autoeditado)
GatomidiThe Flower's Cavern (Part One) (Autoeditado)



Carlos Pérez de Ziriza.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Crítica del concierto de Alejandro Sanz en Valencia


Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció Alejandro Sanz hace un mes en la Plaza de Toros de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia de esta semana.

Visitas por victorias

Alejandro Sanz, en una imagen de un concierto de 2015.

Al igual que sucede con Miguel Bosé, las visitas de Alejandro Sanz al coso taurino valenciano se cuentan por victorias. Da igual que potencie el contenido meloso de sus shows, o que realce esa veta epidérmicamente funk que ha pulido con Sirope (2015), el que fuera su último disco. Cada nuevo concierto suyo cuenta en el beneplácito incondicional de su parroquia. Lo más sorprendente de su concierto, apenas menos de un año después de su última visita al mismo recinto, fue el comienzo: irrumpiendo por un lateral del escenario en compañía del resto de la banda, mientras el coro Safari de Uganda (con quienes ha estado colaborado con fines benéficos) convertía el escenario en una fiesta polirrítmica, tras una versión light del “No dudaría” de Antonio Flores.

Tras ellos, el guiño funk al ritmo de una intro instrumental en la que la banda al completo exclama Sirope con la misma cadencia que el “Get Up” del “Sex Machine” de James Brown, y luego ya la batería de éxitos, con un pie en el presente y otro en el pasado: “El silencio de los cuervos”, “La música no se toca”, “Mi soledad y yo”, “Amiga mía”, “Corazón partío”... y así hasta llegar al bis, con el recuerdo a la lejanísima “Viviendo Deprisa” y a esa “Pisando Fuerte”, casi en clave máquina. Fue el mismo Alejandro Sanz de siempre, marcándose el tradicional guiño flamenco a Lole y Manuel (“De color”) pero también dotando a su sonido de una bienvenida negritud, poco novedosa pero muy apta para barnizar su cancionero con esa pátina de respetabilidad adulta que tanto se lleva (su público también crece) y no excediéndose con la melaza romanticista. Y triunfando entre los suyos sin la menor reserva, claro.


Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 7 de agosto de 2016

Crítica del concierto de Melody Gardot en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que la norteamericana Melody Gardot ofreció hace unos días en los Jardines de Viveros, dentro de su Feria de Julio, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia de esta semana. 

Arrojo contenido

Melody Gardot: carisma e irreprochable factura. 

Tiene las hechuras de las grandes damas actuales del jazz. Incluso cierto arrojo en escena, ese que se echa de menos en figuras como Madeleine Peyroux o Diana Krall. Pero también el exceso de reverencia a los clásicos, ese punto de academicismo que diluye cualquier sanguíneo arranque de genio. La norteamericana Melody Gardot es una front woman con carisma y credibilidad, a sus 31 años. Le da estupendamente al piano y a la guitarra acústica, y se mueve por el escenario con la sensualidad de quien sabe que tiene al público prácticamente ganado desde el minuto cero. Su actuación de Viveros, seis años después de su primera visita a la ciudad (en el Palau de la Música), mostró su evolución, acompañada de un estupendo manojo de músicos con los que escenificó ese vigoroso giro -del jazz aromatizado al funk y el rythm and blues clásicos- que ha plasmado en el notable Currency of Man (Verve), su cuarto trabajo largo.

“You Don't Know What Love Is”, con la imponente trompeta de Shariff Clayton, y una tremendamente seductora “Bad News”, con ese innegable deje al Tom Waits de tugurios nocturnos y el gran saxo de Irwin Hall Jr. dándole el contrapunto, fueron dos de los mejores momentos de un concierto impecable, al que no se le puede reprochar gran cosa más allá de su apego por la ortodoxia y esa irrefrenable tendencia que esta clase de bandas tienen por acercar sus canciones al canon de la jam session, incurriendo en desarrollos de virtuosismo algo gratuito. Pecata minuta, en todo caso, ante el derroche de delicadeza que se marcó Gardot al piano con “Goodbye”, ante su arrebatado guiño al “See Line Woman” de Nina Simone (uno de sus claros referentes) o ante cómo defendió “Baby, I'm a Fool”, con la sola compañía de su guitarra acústica.


Carlos Pérez de Ziriza.

jueves, 28 de julio de 2016

Resumen del FIB 2016

Reproducimos nuestro resumen del último FIB, tal y como se ha publicado en sendas entregas sucesivas en la páginas de la Cartelera Turia

XXII Festival Internacional de Benicàssim 

La marca reflota con fuerza

The Chemical Brothers: la mejor versión que se les recuerda (Foto: Víctor Albert)

Si hace tres años, con el concurso de acreedores amenazando la celebración del festival a dos semanas vista, nos cuentan que el FIB iba a recuperar sus mejores cifras, no lo hubiéramos creído. Habrá que dar la razón a la gestión de Melvin Benn, su director desde entonces, porque los más de 40.000 asistentes de media diaria (lleno total el sábado, con 46.000) avalan su apuesta, centrada en abrir la cita a sonidos de mayor recorrido en la actualidad (electrónica, hip hop, grime) y combinarla con una nómina de bandas estatales que mejora su presencia, en calidad, cantidad y horarios. Incluso el balance entre público extranjero (británicos, la gran mayoría) y español sigue equilibrándose, en proporción aún de 54% frente a 46%, en favor del primero (aunque no dé esa sensación). A continuación, el resumen sintético de un festival que el año pasado frenó la sangría, y este año vuelve a cobrar altura de vuelo. Y en cuyo podio particular podemos colocar a Kendrick Lamar, The Chemical Brothers y Massive Attack.


-The 1975: Volvían dos años después, y casi parecen otra banda. Su propuesta puede ser inocua (¿cuál no lo es hoy en día?: sobran dedos en las manos), pero evoca con estupendo buen gusto, exquisita escenografía y gran poder de contagio el funk pop británico de los 80 (Duran Duran o hasta el Bowie de Let's Dance). Comercialidad con crédito.

-Band of Skulls: Pillamos su actuación ya muy avanzada, pero podemos decir que las aguerridas canciones de los británicos, moldeadas en torno a un indie rock estándar y sin aristas, con turbo hard rock, cuajaron entre el público.

-Bloc Party: Kele Okereke convirtió su carrera en una sostenida pendiente abajo desde su debut hace más de una década, de ahí su emplazamiento en un escenario secundario respecto al de bandas que comenzaron cuando ellos, con menos brillantez pero mejor resistencia al paso del tiempo (The Maccabees o The Coral). Lo debe saber, porque rescató “Banquet”, “Helicopter” o “Positive Tension”, aliviando así su pérdida de mojo en un set, cuando menos, entretenido y con algunos brotes de excitación.

-Cápsula: En vista de que David Bowie, largo objeto de deseo del festival, ya no podrá venir nunca a Benicàssim por motivos obvios, los argentinos le dispensaron un digno tributo, reinterpretando con vigor y reverencia su mejor producción de los 70.

-Catfish & The Bottlemen: Anodina banda galesa de indie mainstream para radiofórmulas, con los consabidos coros épicos y estribillos ramplones.

-The Chemical Brothers: El mejor concierto de los cinco o seis que uno es capaz de recordarles, en este festival o en cualquier otro escenario. Excelente balance entre todas sus etapas creativas, audiovisuales impactantes y de precisión milimétrica, ritmo sin fisuras y, en resumen, apabullante muestrario de las razones de su magisterio en la cultura de baile aplicada al rock.

-The Coral: Nunca fueron una banda de picos creativos pronunciados, y su folk pop de leves tintes psicodélicos respondió a esa solvente discreción. Estimulante cuota brit a la espera de los platos fuertes, sin más.

-Cosmen Adelaida: Estupendo concierto de los madrileños, de menos a más, resolviendo con destreza la maraña eléctrica que alambra sus canciones, deudoras de la mejor tradición indie anglosajona.

-Chucho: Primaron las canciones de su notable último disco y recuperaron sus clásicos con cuentagotas, pero ni la escasa potencia de sonido -una constante en el escenario FIB Club- ni la discreta asistencia jugaron a su favor. Además, la maestría de Alfaro y los suyos siempre luce más en sala.

-Mac DeMarco: Cómo se agradece la presencia de versos sueltos como el canadiense, blandiendo las cualidades acuosas de esas canciones que beben del lo fi, del indie rock o del dream pop. Seductor concierto el suyo, aderezado con ese sentido del humor que lo conecta a ilustres iconoclastas como Ween, They Might Be Giants o Frank Zappa.

Disclosure: la inteligente elegancia de los hermanos Lawrence (Foto: Víctor Albert)


-Disclosure: Arrancaron de forma algo convencional, primando el factor house más amable de su propuesta. Luego pisaron el acelerador con una batería de sus mejores temas, con la que probaron otra vez por qué son los más listos de la clase a la hora de licuar las más inquietas corrientes dance británicas (UK Garage, dubstep) y adobarlas con imponentes colaboraciones. Los hermanos Lawrence son (muy) buenos músicos.

-DJ Shadow: Merecía más atención. Y eso que era el engarce perfecto entre los shows de Kendrick Lamar y Massive Attack. Pero no parece que su condición de rey del hip hop abstracto en los 90 se haya proyectado al presente con suficiente vigor. En cualquier caso, el magnético paisajismo sonoro de su sesión cumplió. Sobradamente.

-Echo & The Bunnymen: Tienen tan asimilados sus automatismos sobre el escenario que muchas veces parece que activen el piloto. Misma iluminación azul oscuro, mismas poses, mismo cigarro y misma copa en manos de Ian McCulloch. También mismas canciones (“The Killing Moon”, “The Cutter”, “Lips Like Sugar”), clásicos inmunes al desgaste. La envidia de cualquier compañero de cartel.

-Extraperlo: Habituales en los últimos tiempos (tanto a su nombre como con proyectos paralelos), consiguieron deslindar los matices que hacen que el tropicalismo pop de su propuesta se haya enriquecido.

-La Femme: En la misma línea de su última visita. Efervescentes, divertidos, vivificantes en su forma de reivindicar el lado más colorista de la new wave.

-Fidlar: Los angelinos propinaron un abrasivo set de punk rock con abundantes desvíos a carreteras afines, y prendieron el pogo entre una chavalería que convirtió la explanada ante el escenario principal en un gozoso espectáculo. Un gustazo.

-Jess Glynne: Digno producto de la escuela X Factor, en la estela de Adele. Entretenido reclamo para la clientela británica estándar. Otras veces fueron Jessie J, Katy B o Ellie Goulding. Y esta vez le tocaba a ella.

-El Guincho: Escenario grande a primera hora de la tarde, y defendiendo el giro de su reciente Hiperasia (2016), sazonado con gotas de trap y reggaeton. No lo tenía fácil Pablo Díaz-Reixa, pues. Pero se marcó un concierto estupendo. Y rescató “Bombay”.

-John Grvy: El R&B digital del madrileño, de elegantes hechuras, cuajó de forma intermitente. Hizo un guiño al “Everybody” de Backstreet Boys, quizá para romper el hielo.

-La Habitación Roja: Tan solventes como siempre y primando su producción reciente, tanto la más bailable (“De cine”, “Ayer”) como la más melosa (“Si tú te vas”, “Volverás a brillar”). Sin delegar en la nostalgia, y eso que con pocos festivales tienen más afinidad que con este, desde que pisaran el mismo escenario -por primera vez- en 1998.

-Hinds: Gozaron de dos huecos en la programación. Uno en la carpa FIB Club como Weers, por sorpresa, y otro en el escenario grande, ya como Hinds. En el segundo, especialmente, demostraron su progresión tras patearse los escenarios de medio mundo. Temario aún desigual -aunque no exento de los habituales brotes de frescura contagiosa- y una ejecución que va borrando aquellos desajustes que tanto enervaban a la legión de guardianes de la ortodoxia.

-Hooton Tennis Club: Poco más de un centenar de personas asistieron al estupendo concierto de los británicos, prueba irrefutable de que el indie rock de ascendencia noventera dejó de ser pasto de FIB hace muchos años. Hoy es carne de Primavera Sound, guste o no. Tres cuartos de lo mismo pasó con I Was A King o Splashh en otras ediciones. Lástima, porque su crujiente forma de deglutir los dictados de Pavement o Teenage Fanclub merecía más atención.

-Jamie xx: Estimulante y muy elegante sesión del cerebro en la sombra de The xx, pinchando una selección de vinilos propios y ajenos, entre los que figuraban “Atmosphere” (Joy Division), “You Got The Love” (The xx versionando el clásico house) o su “Loud Places”. A falta de lo que sería una auténtica versión live de su trabajo (con sus vocalistas invitados), buenos son.

-Juventud Juché: Tan afilados como siempre, sin que el incremento de su veta rítmica le haya restado -ni mucho menos- pegada a sus temas. Siempre cumplen.

-The Kills: Aún con la cautela propia de no haber podido ver su set entero (coincidía con Muse), no sería aventurado situarles entre lo mejor del fin de semana. Su repertorio ha perdido algo de filo, pero su prestación escénica sigue siendo avasalladora, con una Alison Mosshart que aún es un auténtico animal de escenario, cerca ya de los 40.

-Kendrick Lamar: Durante su concierto, la pantalla trasera solo mostró un lema, “How Much a Dollar Cost?”, título de una de sus canciones. En un fin de semana marcado por los frenéticos e impactantes visuales, no podía haber mejor declaración de principios. Hacía tiempo que no pasaba por Benicàssim un artista grande en plenitud de sus potencialidades, en plena escalada al Olimpo. Y el rapero californiano no defraudó, con un set estratosférico y austero, tan alejado de la ortodoxia hip hop (estupenda banda) como de la esquizofrénica avalancha sensorial a la que otros recurren (hola, Kanye West). Conciencia de raza y de clase, gotas de soul, funk y jazz y un apabullante dominio del escenario, sin pirotecnia ni fitness. Bien puede ser el Marvin Gaye de su generación.

-Le Parody: Apenas unos minutos pudimos testar el directo de la jienense Sole Sánchez, suficientes para ratificar la singularidad de su fusión entre ritmos del sur, electrónica doméstica y folk digital. Absoluto verso suelto de nuestra escena.

-The Maccabees: A base de tesón y constancia (que no canciones memorables), los londinenses ha logrado perpetuarse entre los principales nombres de los festivales británicos o britanizados. Y su post punk correoso, sin grandes destellos, suele cumplir, y aporta al menos la fibra que les falta a otras medianías.

-Major Lazer: Igual les da actuar en un festival de reggae (el Rototom, hace menos de un año) que en uno más orientado al pop rock (el FIB), porque su coctelera de trap, IDM, dancehall y demás nutrientes no altera, en esencia, su fórmula. Se les vio, eso sí, algo más populistas que en otras ocasiones, atizándole a “El Taxi” (Osmani García) o “Gasolina” (Daddy Yankee), y con una coreografía menos cuidada.

Massive Attack: 3D probando, una vez más, que el medio también puede ser el mensaje (Foto: Víctor Albert)


-Massive Attack: Siempre aportan ese plus de inteligente vindicación de causas nobles, mediante frenéticos mensajes escupidos por su pantalla de LEDS, traducidos al castellano. Esta vez, como buenos hijos del mestizaje (racial y musical), arremetieron contra el Brexit, recuperando “Eurochild”. También contra el terrorismo de nuevo cuño o los desajustes globales. O los efectos de la sobreinformación, con una cascada de titulares. Su sonido se benefició de la savia joven de los Young Fathers (recientes colaboradores) y reforzó una vez más su versión más sombría e intrigante, al menos hasta la salida a escena de Deborah Miller. Sedujeron, aunque sin deslumbrar tanto como otras veces.

-Alberto Montero: Ante el sol de justicia de las ocho de la tarde, el saguntino hizo encaje de bolillos con su embriagador pop psicodélico, deparando un extraordinario menú degustación de su impecable propuesta.

Muse: la pompa de cartón piedra comandada por Matt Bellamy (Foto: Víctor Albert)


-Muse: Se calcula que su sola presencia hizo que el sábado se vendieran 6.000 tickets más que el resto de noches. Lo que demuestra que el devenir del rock no es una sucesión de baches ni de socavones discursivos en su relato (el punk no acabó con nada), sino una historia en la que lenguajes antitéticos conviven en pura armonía, aunque sea ocupando nichos paralelos. Muse son al rock lo que los Harlem Globetrotters al baloncesto. Aunque muchos de sus fans aún crean -bendita ilusión- que son los Cleveland Cavaliers.

-Perlita: Entre el synth pop ochentero y la evocación del pop hipnagógico, la propuesta de estos gaditanos es muy de los 2010, para lo bueno y para lo malo. Reconfortantes de inicio, algo monocromáticos a más largo plazo.

-Ramírez Exposure: El valenciano Víctor Ramírez regaló un estupendo muestrario de pop pluscuamperfecto, con pie y medio bien anclado en la herencia del mejor indie pop de la segunda mitad de los 80. Su banda mezcla mejor y él ha ganado muchísimo aplomo.

-Reykjavikurdaetur: Multitudinario y muy joven combo femenino de hip hop y R&B islandés que se convirtió en la comidilla del fin de semana, más por su atractiva presencia (una de sus integrantes incluso se quitó la camiseta y lució pecho, para alborozo de fotógrafos) que por cualquier otra cosa.

-Ruth Baker Band: Musculosa sesión de soul rock a cargo de la solvente banda castellonense, versión de Rock and Roll (Led Zeppelin) incluida. Como unos The Bellrays locales.

-The Soft Moon: Otra de las estimulantes exclusivas del fin de semana fue la actuación del californiano Luis Vasquez comandando su sombría nave post punk, que reforzó su factor rítmico (su trama de percusión incluyó hasta el aporreamiento de un cubo de basura) y potenció las cualidades hipnóticas de sus mantras.

-Soulwax: Ahora que hasta ellos mismo reniegan de la etiqueta mash up para aludir a sus infalibles sesiones como pareja de DJs, los hermanos Dewaele siguen exprimiendo el electro rock de garrafa con los mismos (previsibles) resultados de hace casi dos décadas. Piñón fijo.

-Skepta: Repitió prácticamente el mismo concierto que en el Sónar, unas semanas antes, pero dio la sensación de que al grime del británico le faltó esta vez algo de aquella mordiente, en una actuación bastante breve.

-Three Trapped Tigers: Se agradeció su angulosa y bien moldeada muestra math rock, en la línea de Battles o los mismos And So I Watch You From Afar, quienes ya vinieron al festival un par de veces en los últimos tiempos.

-The Vaccines: Los británicos son una factoría de himnos instantáneos, y rara vez suelen fallar en la tarea de llevar cualquier gran explanada a su mejor punto de ebullición. El problema reside en su sobreexposición: son tantos sus conciertos en nuestro país en los últimos tiempos, que no hay efervescencia que no se resienta.

-Walking On Cars: Otra banda irlandesa para cubrir la cuota de rigor. Responden a la notable presencia de paisanos suyos entre el público, pero rara vez aportan algo de personalidad. Ellos no fueron la excepción. Anodinos.

-Zahara: Se ha desembarazado de aquella languidez que justificaba, para muchos, las cansinas comparaciones con Anni B Sweet o Russian Red, pero el desparpajo y vigor que muestra en escena aún peca de indefinición, caminando en la cuerda floja del llamado indie mainstream.


Carlos Pérez de Ziriza. 


Puedes consultar también toda la información que publicamos sobre el FIB en el diario El País, tanto el avance como las cuatro crónicas diarias, en los siguientes enlaces:







miércoles, 20 de julio de 2016

Comadreja Mambo, Sáez, Politiko y Novembre Elèctric con Hèctor Serra

Tras varias semanas sin poder dedicarle tiempo a la actualidad discográfica de la Comunidad Valenciana, volvemos a tomarle el pulso con los nuevos trabajos largos de Comadreja Mambo, Sáez, Politiko y Novembre Elèctric+Hèctor Serra.

Portada del segundo álbum de Comadreja Mambo, a título ya póstumo.


Entre los muchos desajustes de esta suerte (a veces, mero simulacro) de industria que tenemos en nuestro país, ocurren cosas como esta: una banda ya prácticamente desaparecida publica un álbum de temas grabados cuatro años antes, que -incomprensiblemente- no habían visto la luz hasta ahora. Esa banda son Comadreja Mambo, el trío integrado por Carlos y Pablo Parra (ex Buzo) y por el hiperactivo Jordi Sapena, a quien hemos podido ver hace unos días por partida doble en el FIB (con La Habitación Roja y Ramírez Exposure) y también se desdobla prestando sus servicios en Tórtel o Pink Frost. En esencia, esto es la continuación lógica de aquel prometedor Respeta a tu madre (La Montaña, 2011), con la diferencia de que para este álbum, de nuevo armado en solo siete temas, se fueron a los estudios Ultramarinos Costa Brava (Sant Feliu De Guíxols) de Santi García, seguramente el cuartel general más propicio para robustecer un sonido como el suyo, ya de por sí físico y propenso a los hercúleos cambios de ritmo. Allí grabaron, en septiembre de 2012, este Morriconazo, conciso y directo a la mandíbula, que rinde tributo a las bandas sonoras de Ennio Morricone desde su mismo título, insuflando cierto aire fronterizo a un buen puñado de dentelladas post hardcore que podrían compartir cubetas o estantes con la discografía de Betunizer, Teletexto, Capaje, Tucán y otras criaturas salvajes de la zona. Hasta se permiten un ácido guiño local a su comarca, la Ribera, con “Festejant”. Lástima que, al menos de momento, no vayamos a poder degustarles en su mejor hábitat, el escenario.

Camina conmigo es, por su parte, el debut de Javier Sáez al frente de un proyecto de folk pop acústico y confesional (por algo lo bautiza solo con su apellido), cuyas canciones hemos podido testar en directo en alguna cita reciente (la última, teloneando a Nacho Umbert en Las Naves en formato dúo, donde se marcaron una muy digna versión de “Lucha de Gigantes”, de Nacha Pop), y aquí se plasman en un inmejorable formato, con el brillante trabajo de producción de Carlos Soler dando lustre a un discurso que, tanto en el perfil de sus melodías como en el de sus textos, brinda pocas aristas aún para despuntar entre el maremágnum de compositores que se mueven en coordenadas similares. En cualquier caso, un álbum de buena factura, pese a no desviarse de senderos bastante trillados.

Esa heterodoxia que se echa de menos en el caso de Sáez, es precisamente la que le sobra a Politiko, el debut -en este caso- del proyecto unipersonal del valenciano Juan Ernesto Artuñedo, aunque eso no quiera decir que todas sus ideas se plasmen de forma certera. Él lo llama indie punk, y la etiqueta no va del todo desencaminada porque sus 26 canciones, muchas de ellas tan cortas que apenas parecen bocetos, son jocosas andanadas pop de hechuras domésticas, que tienen mucho en común con el ácido sentido del humor que se gastaban L Kan, Chicho y Chica o Los Ganglios, por buscar tres paralelismos. Una entretenida humorada de bajo presupuesto y desvergonzada ausencia de prejuicios. Sin más.

Y terminamos este recuento de novedades cercanas con otro disco de contornos acústicos. Lo nuevo de Novembre Elèctric, quienes en esta ocasión se desmarcan del rock corpóreo y evocador que tramaron en su debut para ponerse al servicio de los poemas de su amigo Héctor Serra en un trabajo conjunto. El resultado es un álbum detallista y sutil, que -afortunadamente- no se recrea excesivamente en lo narrativo, y trata de buscar -con un saldo irregular pero no exento de momentos estimulantes- nuevos matices a la propuesta de los ganadores del premio Ovidi Montllor 2014 al mejor disco de pop.


Comadreja MamboMorriconazo (Demian Records)
SáezCamina conmigo (Autoeditado)
PolitikoError humano (Lemonsongs)
Novembre Elèctric & Hèctor Serra – Tremole (Mesdemil)


Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 10 de julio de 2016

Avance del FIB '16

Reproducimos a continuación el tradicional avance del Festival Internacional de Benicàssim, que como cada año redactamos en la páginas de Cartelera Turia


El Festival Internacional de Benicàssim se debate entre concesiones a su propio pasado y un sesgo electrónico y hip hop más acentuado que nunca
 
Kendrick Lamar: el trono hip hop, a punto de caramelo.

La edición de 2015 confirmó un ligero repunte en la alicaída asistencia de público español al FIB. Prácticamente en igualdad de condiciones respecto a los visitantes británicos (al menos según las cifras oficiales, siempre tan benévolas), la parroquia llegada desde diferentes puntos de la geografía estatal -que había desertado casi en masa en los últimos tiempos- disfrutó de las actuaciones de Los Planetas, Blur o Vetusta Morla. Eran reclamos que esgrimían indudable tirón para la clientela tradicional del festival (los dos primeros) y, al mismo tiempo, podían también incorporar (los terceros) a parte de ese público de aluvión que en el último lustro se ha subido al carro de los grandes festivales, de los que el de Benicàssim es casi un decano. Este año, sin embargo, el festival oferta -en sus caracteres principales- una palpable querencia por primar proyectos que sustentan todo su atractivo en la música electrónica, el hip hop o géneros como el grime. Se desmarca, en síntesis. No es algo sustancialmente novedoso, si tenemos en cuenta que en su segunda edición -en 1996- ya hubo una jornada en la que prevaleció la electrónica (con los Chemical Brothers por vez primera, Orbital o Ruby), pero sí supone un giro respecto a la tónica mantenida en los últimos dos años, su época de reflote tras las turbulencias de 2013.

El cambio de tercio al menos supone que unos cuantos proyectos que hasta ahora nunca han parado por Benicàssim, lo hagan por vez primera. Ese es el caso de Kendrick Lamar, uno de los grandes nombres contemporáneos del hip hop. Un músico llamado a marcar época por su inteligente reescritura de varios géneros de la música negra y para dotarlos de un trazo reivindicativo acorde con los tiempos, aunando tradición y modernidad. Pero también de Disclosure, el dúo británico de música electrónica que se convirtió en revelación hace dos temporadas. O de Jamie xx, cerebro en la sombra del trío The xx y artífice de uno de los mejores álbumes de pop electrónico del pasado año. O de Major Lazer, el trío formado por el afamado productor Diplo, Walshy Fire y Jillionaire, quienes sí estuvieron el verano pasado en Benicàssim dando buena cuenta de su infalible batidora de trap, dancehall, EDM y electro, pero en una cita tan distinta como el Rototom. O de Skepta, uno de los nombres señeros del grime británico, avalado por su extraordinario directo del Sónar y cubriendo esa cuota que tantas veces ha ocupado Dizzee Rascal. Más conocidos, aunque no menos efectivos, son los nombres de Chemical Brothers o Massive Attack, sin grandes novedades en su frente creativo pero aún deparando directos que son referencia indiscutible en sus respectivos negociados. Y por supuesto, cubriendo la cuota rock -aunque en su vertiente más megalomaniaca y pirotécnica- los británicos Muse, que son toda una garantía de venta de entradas. Hace tiempo que no actúan en la Comunidad Valenciana, y su presencia será a buen seguro la que congregue más público.

Por debajo de ellos, sobresale también la presencia de veteranos como Echo & The Bunnymen o DJ Shadow: post punk y electrónica downtempo, sin actualizaciones de postín pero con la solvencia usual. Y también el capítulo de bandas británicas que en su momento fueron carne de hype y ahora se debaten entre los destellos de brillantez del pasado y la necesidad de reclamar vigencia, con mayor o menor fortuna: The Maccabees, Bloc Party, The Coral, The Vaccines, The 1975, Biffy Clyro o Band of Skulls. Entre los versos sueltos, el rock tenso y siempre estimulante de The Kills o la versión más rock -y más añeja, pero menos rentable- de los hermanos Dewaele (2 Many DJ's), los Soulwax. Entre las habituales incógnitas importadas del Reino Unido, el soul pop de Jess Glynne, el pop de los irlandeses Walking On Cars o de los galeses Catfish & The Bottlemen o las influencias de Teenage Fanclub que filtran Hooton Tennis Club. Y entre los reclamos que llegan del otro lado del charco, el garage rock de Fidlar, el surf pop de The Shivas desde Portland o las evocadoras atmósferas post punk trenzadas por The Soft Moon desde Oakland. La cuota hip hop la completan los escoceses Young Fathers o el irlandés Rejjie Snow. Para terminar, y aunque sea casi siempre injusto relegarles al último plano del recuento previo (ya habrá tiempo para valorar lo que hagan sobre el escenario con más detalle), la nómina de bandas estatales que este año integran El Guincho, Juventud Juché, Soledad Vélez, Hidrogenesse, Ramírez Exposure, Hinds, Anni B Sweet, Dorian, Zahara, La Habitación Roja, Delorean, Cosmen Adelaida, Lois, Neuman, Perlita, Aries, Le Parody, Alberto Montero o Chucho, entre otros. Toda la info, como siempre, en www.fiberfib.com. Desde aquí lo contaremos.


Carlos Pérez de Ziriza.

lunes, 4 de julio de 2016

De charla con Maika Makovski y John Parish

Reproducimos el contenido íntegro de la charla que mantuvimos con Maika Makovski y el productor John Parish (PJ Harvey, Eels, Giant Sand), al hilo del álbum que han grabado juntos en el estudio de este último, en Bristol. La entrevista fue publicada la semana pasada en el diario El País


“El rock and roll no me define”

Maika Makovski vuelve a aliarse con John Parish para dar forma en Bristol a Chinook Wind, un álbum sutil y magnético, que la aleja aún más de los furibundos parámetros en los que se dio a conocer

John & Maika, durante un descanso de la grabación de Chinook Wind (Foto: Inge Clemente)

Siempre se ha dicho de ella que era un torbellino escénico. Una fuerza de la naturaleza. Uno de los volcanes con mayor potencial en la escena rock estatal, capaz de emitir -con frecuencia- erupciones sobre los escenarios que merecían más eco. Pero Maika Makovski (Palma de Mallorca, 1983) se cansó de rockear. Hasta el punto de que su nuevo trabajo, el sexto álbum de su carrera, es a buen seguro su colección de canciones menos rock. Lo que no es obstáculo para que Chinook Wind (Warner, 2016), que así se llama el retoño, sea magnético. Turbio y dulce a la vez. Inquietante y seductor. Austero pero conmovedor. Con él parece completar un ciclo marcado por incursiones en el mundo del teatro, tanto actuando como componiendo su música, y lo hace precisamente en compañía de quien cinceló su tercer trabajo justo antes de emprender esa fase en la que sus intereses se diversificaron, el homónimo Maika Makovski (2010): nada menos que John Parish (Yeovil, Reino Unido, 1959), productor y mano derecha de PJ Harvey en algunos de sus mejores discos. Así que con ambos, con Maika y con John, compartimos una deliciosa charla en una terraza ubicada en el piso 24 de un hotel barcelonés (él está aquí porque esa misma noche acompaña a Polly Jean, Mick Harvey y compañía en otro majestuoso concierto, cima del último Primavera Sound). Y con la ciudad entera mostrándose bajo nuestros pies, en inigualable panorámica visual.

“Siempre he tratado de romper con los cumplidos que la gente me hace, de modo consciente o inconsciente”, asume Maika al hilo de lo que supone este álbum, que apuntala el giro ya esbozado en sus dos precedentes más cercanos. “Cuando todo el mundo decía lo buena que era mi voz, empecé a componer canciones más lineales”, ejemplifica, al tiempo que esgrime que no cree que el rock and roll la defina. “En el estudio ya decíamos que el hecho de que no fuera rock es algo bueno (risas), y en el fondo es un álbum orgulloso de ser un trabajo de estudio, porque no trata de emular nada de lo que puedas escuchar habitualmente en directo, huye de esa tensión que, en mi caso, hacía que los discos tuvieran que parecerse al directo, lo cual no siempre es agradable”, apuntilla. “A mi me apasiona el rock and roll, claro”, remata John Parish, pero coincide en que “a veces tienes que seguir los pasos que te marca cada tiempo, y seguir tus instintos: es aburrido repetirse, y todos los grandes artistas tratan de evitarlo, aunque puedan equivocarse”.

Chinook Wind, grabado durante solo dos semanas en Bristol (Reino Unido), pone fin a una sequía de cuatro años, la más larga nunca experimentada por Maika. ¿Supone el cierre de un círculo iniciado con John hace siete años, en el mismo lugar?: “Estaba quemando puentes, como una loca, cambiando cosas de forma un poco dramática, y supongo que necesitaba volver a alguien que ya me conoce y en quien puedo confiar, además de que tras cuatro años no sabía en qué dirección conducir todo el montón de canciones que ya tenía, y confiaba en que John supiera encontrar el nexo común entre ellas”. No era fácil, porque todo ese trabajo previo se concretaba en más de cuarenta canciones. “Sí, mi dropbox estaba repleto de ellas”, dice -riendo- John. “Lleva su tiempo”, concede el británico, pero afirma llevar tantos años en esto que funciona como “un proceso instintivo, en el que con un par de escuchas me doy cuenta de si algo funciona o no funciona, o si al álbum le falta algo o, por contra, está equilibrado”. Él encarna la visión externa, la dirección global de la obra: “A veces tú eres el peor juez de tus canciones, por el nexo emocional que te une a ellas”. De hecho, en un momento de la charla, Maika le pregunta si de esa misma remesa podría haber salido más de un álbum, a lo que John contesta que sí, porque ella “es ecléctica, lo que a su vez puede ser visto como una virtud o una debilidad, pero necesitaba un editor que le diera cohesión”.

La recuperación de una química siempre fructífera (Foto: Inge Clemente)

Asociado a sus trabajos para -sobre todo- PJ Harvey, pero también Eels, Giant Sand o Dominique A, no cuesta mucho asignar a las producciones de John Parish un tinte austero, de aquellos que destacan más por restar capas que por sumarlas, preservando la esencia del músico. Él razona que “no es algo filosófico, sino más de instinto, porque no me gusta el arte que tiene un exceso de mediación”, factor que sostiene en el recuerdo del concierto que Radiohead ofrecieron en la noche anterior en el PS, en el que “no podías oír ni una palabra en muchas canciones, lo que mantenía el misterio y el no saber qué es lo que va a ocurrir”. Así que se precia de no sumarse a la corriente imperante en la música de consumo actual: “Muchas grabaciones están exacerbadas por la tecnología moderna, con lo que se convierten en algo demasiado procesado, y hay una cosa que me pasa con muchos artistas que copan las listas de éxitos: su música no permea en mi conciencia a ningún nivel, porque el arte es algo que te hace conectar emocionalmente con alguien a quien no conoces personalmente”.

Cuando le comentamos si no cree que las bandas de nuevo cuño tratan muchas veces de sonar exactamente tal y como piensan que el gran público y los grandes festivales van a demandar, más pendientes de los demás que de sí mismos, Parish arguye que es algo “típico del pensamiento actual del mundo en el que vivimos: todo el mundo estudia en la universidad para un trabajo específico, porque todo esto va sobre expectativas, y lo veo cortoplacista, y no solo en un sentido económico, porque muchos de esos trabajos puede que ni siquiera existan cuando ellos terminen sus estudios”. Al instante, este padre de dos adolescentes reconoce, entre risas, lo delicado que es “hablar de todo esto sin siquiera haber ido a la universidad”, como es su caso, pero sentencia con un argumento inapelable: “Creo que uno debería estudiar para ampliar su mente, sin expectativas fijas, sin saber de antemano qué es lo que vas a aprender, porque hay que moverse hacia adelante, aunque te puedas equivocar”.

Sobre la elección del Chinook, un fenómeno meteorológico del Canadá con el que titular el disco, Maika nos explica que es “un viento cálido que puede hacer subir la temperatura a 30 o 40 grados”, y que el brote de inspiración le vino en las idas y venidas al estudio de John en Bristol, pensando “en una primavera en medio de un invierno, algo cálido en medio de la nada, y en que ese viento lo sintetizaba mejor que cualquier otra cosa”. Ya lo ha presentado en directo, en compañía del Quartet Brossa (con Pau Valls a la trompa y Pep Mula a la batería: su siguiente cita fue el 26 de junio en el Festival Aphonica de Banyoles, en Girona), y reconoce que trata de “mantener el espíritu del disco, ser fiel a su contenido”, y que la decisión de encarar conciertos en lugares cerrados y alejarse de las recurrentes citas multitudinarias era algo prácticamente obligado: “Tocar en algunos festivales en este país te hace sentirte como en una churrería, con sonidos que se mezclan, gente a la que no le importa tu música, y eso me hace sufrir, así que prefiero ser capaz de salvar mi música”, dice. No en vano, la influencia de las tres obras de teatro para las que ha escrito partituras (Forests, dirigida por Calixto Bieito hace cuatro años, es una de ellas) también le han marcado: “He escrito para tres obras de teatro distintas en estos cuatro años, y en una de ellas, en la que yo no actuaba, dirigí a una banda compuesta por violín, contrabajo y piano, así que eso puede haberme influido”.


Carlos Pérez de Ziriza.