jueves, 1 de diciembre de 2016

Crítica del concierto de 091 en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron los granadinos 091 hace unos días en la sala Repvblicca de Valencia (el primero en 20 años), tal y como se ha publicado en el número de la Cartelera Turia que se pone a la venta esta semana. 

                                            Otra noche de antología

091: la formación de 2016, al completo.  

La opinión generalizada dicta que los granadinos 091 van a volver a dejarlo precisamente en el mejor momento que nunca han vivido sobre los escenarios. No solo porque ahora hayan gozado del calor que les faltó en 1996, cuando dieron por concluida su carrera tras siete álbumes ejemplares en una gira en la que apenas congregaban a un centenar de fieles en cada concierto, sino por el excepcional vigor que derrochan a lo largo de más de dos horas de espectáculo en los que subrayan, punto por punto, todo aquello que se dice de las reuniones extemporáneas cuando son músicos más que experimentados (y que nunca han dejado de tocar) quienes las protagonizan: más escrupulosamente profesionales, más medidos, más técnicamente irreprochables que nunca. Y en su caso, sin que el alma de las canciones se resienta, ya que su repertorio conjuga tantos clásicos inmarcesibles del mejor rock español -en un solo repertorio- que no pierde vigencia. 

Teóricamente, lo tenían todo para triunfar hace más de 20 años (excepto las producciones de algunos de sus discos, la estética de algunas de sus portadas y esa maldita desubicación generacional que siempre les situó en las antípodas de lo cool), y lo siguen manteniendo ahora: melodías enormes, textos sobresalientes, actitud sin reservas y las dosis justas -pero necesarias- de carisma. Ahora, además, la pericia de José Ignacio Lapido y su hermano Víctor a las guitarras brilla con más fuerza, y el liderazgo escénico de José Antonio García madura con la prestancia de los buenos vinos, según los pocos fieles que tuvieron la suerte de verles hasta los tiempos de aquella gira de despedida que pasó por Roxy en 1996. “Qué fue del Siglo XX”, “Zapatos de piel de caimán”, “En el laberinto”, “Esta noche”, “El baile de la desesperación” (punto de inflexión de la noche), “La torre de la vela”, “En la calle”, “La vida qué mala es” y hasta el rescate de “Fuego en mi oficina” hicieron el resto para redondear otra noche -como parece que están siendo todas las que protagonizan en este 2016- sencillamente antológica.


Carlos Pérez de Ziriza.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Rainwood, Mireia Vilar, SALf UMAN y Lady Witch, entregas en corto.

Volvemos a retomar la actualidad discográfica valenciana con cuatro entregas en forma de EP o minielepé. Se trata de los debuts de Rainwood, Mireia Vilar y Lady Witch, y el cuarto EP de SALf UMAN

Rainwood: sugerentes tramas sonoras en crecimiento (Foto: Nerea Coll)

Rainwood es un trío de Valencia, formado por Vilz Tord, Adrián Camáñez y José Alonso, que debutan con un primer EP que ha sido -al igual que el último álbum de Tórtel- producido por Al Pagoda (Alberto Rodilla, de Polock) y masterizado por Joe Lambert (Deerhunter, Panda Bear, Animal Collective). Sus tres canciones muestran estupenda factura y dejan con ganas de más, transitando de desde la sombra de los Radiohead -salvando distancias, claro- más alambicados (“Lete”) a intrincados desarrollos de cierto poder sugestivo (el tema titular), entre los entramados post rock y la evanescencia shoegaze. En la onda de los recomendables Atención Tsunami o Fira Fem, por situar un paralelismo estatal reconocible. Lo presentan el 9 de diciembre en la sala Loco Club de Valencia.

La también valenciana Mireia Vilar está despachando su primer trabajo en tres EPs de cuatro temas, una estrategia cada vez más consolidada en nuestro entorno. Los cuatro cortes que forman la segunda entrega de Madre Salvaje (que así se llama el trabajo completo) están repletos de melodías efervescentes y arreglos imaginativos, al servicio de unos de esos discursos -afortunadamente- díficiles de clasificar, entre la afilada canción indie de corte electrónico (no anda lejos la argentina Juana Molina), el traqueteo rítmico de trazabilidad borrosa (“Limbo Yonki” igual puede recordar a Kanaku y el Tigre como a Xenia Rubinos) y una forma de asumir los dictados tropicalistas con trazo muy propio. Además, alterna el castellano, el valenciano y el inglés con la misma solvencia. Lo presenta los próximos 14 y 15 de diciembre en el Centre Cultural Octubre de Valencia.

SALf UMAN es, por su parte, el proyecto personal de la valenciana Sandra Ramos, quien ya llevó su música a la última edición del Monkey Week de Sevilla, y por partida doble. CYCA es el cuarto EP que publica en los últimos dos años, y muestras sus cartas con la misma pulcritud (preciosas portadas, por cierto) que en cualquiera de sus anteriores entregas: synth pop de dormitorio, vaporoso y rebosante de teclados evanescentes, de ascendiente ochentero pero pasado por ese tamiz policromático y retrofuturista que tanto se estila hoy en día, y con la figura de Jessy Lanza en el punto de mira. Notables hechuras para otro proyecto futurible.

Lady Witch, por último, provienen de Mallorca, pero debutan en el sello valenciano Mesdemil con un mini LP de siete temas, pulido con el bagaje que da el recorrido de algunos de sus músicos (con Tomeu Penya, Eima o Anegats en el currículo). Empiezan a ritmo de rock filoalternativo (“A vida o mort”), pero luego se decantan por la ortodoxia del folk, entre los aires mediterráneos (“Abril”) y norteamericanos (el banjo y los vientos de “Blanca” bien pueden remitir a Mumford & Sons). La alternancia entre lo eléctrico y lo acústico se explica por su propio formato de directo (ya que alternan ambos), aunque más allá del tratamiento sonoro, prima aún cierta indefinición.

RainwoodNot Where We Thought It Was (Autoproducido, 2016)
Mireia VilarMadre Salvaje EP2 (La Casa Calba, 2016)
SALf UMANCYCA (Love Our Records, 2016)
Lady WitchA vida o mort (Mesdemil, 2016)

Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Crítica del concierto de Lambchop en Castellón

Nos hacemos eco de nuestra crítica del concierto que los norteamericanos Lambchop ofrecieron hace unos días en el Teatre Principal de Castelló, tal y como se ha publicado esta semana en las páginas de la Cartelera Turia

El enigma en plena madurez

Kurt Wagner, armado con guitarra y laptop, junto al bajista Matt Swanson, en un momento de su concierto en Castellón (Foto de Pau Bellido, para www.nomepierdoniuna.net)

Un pequeño carrito de madera, de aspecto rústico, con un laptop en su regazo, acomodado en su bandeja superior: esa imagen, de la que se sirvió Kurt Wagner a lo largo de todo su concierto en Castellón, resume mejor que cientos de crónicas el cruce entre tradición y vanguardia que ha querido imprimir a su más reciente singladura al frente de sus Lambchop. La tradición se sustancia en su rol de médium -como buen hijo de Nashville, Tennessee- de los arcanos modos de hacer que decenas de músicos de country (e incluso de soul, según su carrera fue avanzando) le fueron legando hasta dar con su particular americana de cámara, y el carrito, materialización -si se quiere, metafórica- de todo eso, funcionó para que nos contase cómo su abuelo -un carnicero que vendía sus productos de pueblo en pueblo por la América profunda- se sirvió de un artilugio similar hace décadas para vender sus productos. La vanguardia, en contrapartida, la metaboliza en la forma en la que ha absorbido la influencia de Kanye West, Shabazz Palaces, Kendrick Lamar y otros músicos de hip hop y disciplinas aparentemente alejadas de su credo (aunque su álbum de pop electrónico al frente de HeCTA , hace un año, ya ponía sobre aviso del volantazo), y cómo las ha deglutido hasta fragmentar su discurso acomodando glitches y filtrando su voz a través de un autotune, que sobre el escenario del Teatre Principal se concretó en un pequeño artilugio (un procesador de voz llamado Voicelive) que estuvo modulando durante toda la noche, desfigurando su inconfundible registro vocal hasta generar con él una cascada de efectos que, sin duda, podrían sonar extraños a cualquier fan de largo recorrido. El pequeño portátil, obviamente, también suponía una declaración de intenciones.

Con el formato más austero que nunca hayan empleado en nuestro país, reducido a trío (Wagner a la voz y programaciones, Matt Swanson al bajo y Tony Crow al piano), la estampa de los Lambchop de 2016 deriva en un ejercicio escénico exigente, adusto e incluso a veces farragoso, aunque prime muchas veces la fascinación de estar ante una reinvención que tampoco termina de pervertir el tuétano de su discurso, y que -en honor a la verdad- les honra tras tantos años de orbitar, con matices, alrededor de la misma fórmula. FLOTUS (2016), su último álbum, ostentó el protagonismo principal, extrayendo todo el rédito posible a su versión más sutil, reforzada en su delicadeza por un volumen que la banda siempre quiso mantener a raya, por debajo del promedio habitual. Han decidido convertir su propuesta en algo cercano a un enigma, aunque el resultado deslinde menos matices y registros que los Lambchop que hasta ahora conocíamos en escena. Y hasta el punto de que se extendió el rumor de que, fieles a su costumbre, decidieron rematar sus bises con una versión de un tema ajeno, en este caso el “When You Were Mine” de Prince. O fue una deconstrucción en toda regla -que ríanse ustedes de las tortillas de Ferran Adrià- o se estaban quedando, directamente, con nosotros.


Carlos Pérez de Ziriza.  

jueves, 17 de noviembre de 2016

Leonard Cohen (1934-2016): El asceta del rock

Reproducimos el obituario de rigor que hemos redactado sobre la figura de Leonard Cohen, tal y como ha sido publicado en el número de la Cartelera Turia que se pone a la venta este fin de semana.


Leonard Cohen: el crepúsculo de un autor irrepetible.

Junto a Patti Smith -aunque algunos pasos por delante de ella en esa lid, ya que acumulaba mayor bagaje cuando debutó discográficamente- no ha habido figura en la historia que haya logrado embutir la esencia de la poesía en canciones de música popular (pop o rock, lo mismo da el rasero) de una forma más inconfundible que Leonard Cohen (Montreal, 1934 – Los Angeles, 2016). Oficioso poeta laureado del rock durante más de cuatro décadas, llevaba tiempo despachando álbumes crepusculares que, en una de esas milagrosas prórrogas creativas que a veces tenemos la suerte de poder gozar de primera mano, destilaban el trazo casi catedralicio de quienes transmiten la sabiduría acumulada tras una vida honda y plena, tan repleta de vivencias como para haber transitado desde el rol de infalible conquistador de mujeres al retiro en un monasterio budista, de saborear las mieles del éxito a la necesidad imperiosa de volver a salir de gira tras ser desplumado por su antigua manager. Muchas vidas en una sola persona. Más de las que el común de los mortales sueña con tener algún día. Su último retoño, el notable y recién editado You Want It Darker (2016), se inscribía en la serie de trabajos que venía despachando en los últimos tres lustros (Old Ideas, de 2014, Popular Problems, de 2012, Dear Heather, de 2004 o Ten New Songs, de 2001), con la salvedad de que su muerte lo ha consignado en la categoría de álbumes-testamento, tal y como fue acogido el último trabajo de David Bowie, con sus textos prestos a una nueva lectura desde el momento de su deceso. Si hace ya décadas que nadie puede negar la capacidad del rock para ilustrar todas y cada una de las etapas de la vida adulta a través de muchas de las canciones gestadas por estrellas provectas y venerables -a años luz del brote adolescente que lo alumbró- , difícilmente podemos cerrar los ojos ante la exultante aptitud que el género está mostrando para enfrentarse a la muerte con obras de gran calibre. Los grandes músicos se van (y crucemos los dedos porque a los tres gigantes, Cohen y, sobre todo, Bowie y Prince -sin reparar en leyendas de menor dominio público- no se sumen más de aquí a que termine este 2016), pero queda, aunque suene a topicazo, su obra. Y vaya últimos coletazos que está dando.

La relación del autor de obras magnas como Songs of Leonard Cohen (1968), Songs of Love & Hate (1971), New Skin For The Old Ceremony (1974) o I'm Your Man (1988) con nuestra tierra se reduce a su actuación en el FIB de 2008 y a su breve y accidentado pase de 2010 en el Velódromo Luis Puig de Valencia, cuando tuvo que abandonar el escenario tras un desvanecimiento a la cuarta canción de un recital que se prometía inolvidable. Su paso por Benicàssim, con el atardecer aún calentando su escenario principal, se reveló como una irrepetible epifanía para generaciones de melómanos que no habían podido verle en directo hasta entonces. Incluso Ben Gibbard (Death Cab For Cutie), quien actuaba a la misma hora en otro escenario, preguntó a sus fieles qué carajo pintaban allí viéndole, y no asistiendo al concierto del canadiense. Su influencia sobre innumerables músicos es vastísima, especialmente gráfica tras la edición de los recopilatorios I'm Your Fan (1991), uno de los mejores tributos colectivos nunca editados, con R.E.M., Pixies, Lloyd Cole, Nick Cave o John Cale interpretando algunos de sus temas más emblemáticos desde sus respectivas visiones, y con Tower of Song (1995), en el que Don Henley, Tori Amos, Elton John, Peter Gabriel o Billy Joel hacían lo propio, desde presupuestos más convencionales. La cercanía en el tiempo de ambos proyectos denotaba consenso: tanto la pujante escena alternativa como el mainstream le rendían honores, algo a lo que había contribuido sobremanera el éxito de I'm Your Man (1988), en el que los ritmos sintetizados habían acolchado con fortuna una suerte de resurrección creativa, algo deudora -no obstante- del canon de los 80, si hay que certificar su envejecimiento desde la perspectiva actual. Su forma de cincelar las palabras, la suntuosidad de sus formas, la solemnidad de su mensaje y la herencia de su voz, cada vez más cavernosa, se hicieron notar en la obra de Nick Cave & The Bad Seeds, Tindersticks, Lambchop, Lloyd Cole, Rufus Wainwright, David Sylvian, Mark Lanegan y -por supuesto- el malogrado Jeff Buckley, cuya versión de “Hallelujah” se convirtió en un clásico. Al igual que el Omega (1996) de Enrique Morente junto a Lagartija Nick, que se inspiró en su obra (y en la de Federico García Lorca) para abrir nuevos caminos en la prospección del flamenco desde un prisma rock.


Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Crítica del concierto de The Wedding Present en Valencia

Esta es nuestra crítica del concierto que The Wedding Present ofrecieron hace unos días en la sala Loco Club de Valencia, publicada en el número de la Cartelera Turia de esta semana. Foto de Juan Limousine. 


Y duran, y duran...

The Wedding Present: inmunes al desgaste propinado por el paso del tiempo (Foto: Juan Limousine).


David Gedge, veterano de guerra y superviviente del indie británico cuando este apenas tenía ni nombre, nunca ha basado su polo de atracción ni en el desborde de carisma ni en singles de un impacto cegador. La carrera de The Wedding Present, que él comanda con mano firme como líder y único superviviente de la formación original de hace más de treinta años, tiene más que ver con el tesón del corredor de fondo y la pericia del aplicado artesano que con cualquier irrepetible explosión de genialidad en estado puro. Y casi es mejor que así sea: el reguero de ilustres cadáveres creativos que ha dejado el pop británico a lo largo de los últimos tres decenios -tras debuts rutilantes y grandes esperanzas que luego no se refrendaron- es considerable, mientras que los de Leeds, sin necesidad de copar listas anuales, llevan más de tres décadas -interrumpidas por un parón de casi diez años- siendo un valor muy fiable.

Su última visita a Valencia, hace justo cuatro años y en la misma sala, concluyó con cierto sabor agridulce: era la cuarta vez que nos visitaban desde su retorno en 2005, y la fórmula sonaba algo gastada, aunque solo fuera a base de sobreexponerla. Su ambivalente (y hasta aventurado, si nos atenemos a sus habituales parámetros, al menos en su primer tramo) nuevo álbum, Going, going... (2015), parece habérnoslos devuelto con energías renovadas, no solo revalidando la urgencia guitarrística que siempre les ha caracterizado, sino también espoleando una gama de matices que, afortunadamente, espanta la linealidad que les ha perjudicado en otras giras. Su nueva línea del frente escénica, ahora secundada por guitarra y bajista nuevos para los directos (Marcus Kain y Danielle Wadey) responde a la perfección, y los temas de la banda suenan igual de vigorosos cuando desgranan el material nuevo (“Rachel”, “Two Bridges”) que cuando se ensañan acometiendo con el arrojo requerido cualquiera de sus clásicos (“Brassneck”, “My Favourite Dress”, “Flying Saucer”). Así que eso es lo mejor que a estas alturas se puede decir de ellos: que aún conserven la capacidad de que sus canciones, sin resultar esenciales, sí sigan siendo estimulantes y su discurso se muestre poco ajado por el tiempo. Y que lo defiendan con los dientes bien apretados sobre un escenario. Sin gratuitos e innecesarios bises, como siempre.



Carlos Pérez de Ziriza.

martes, 1 de noviembre de 2016

Crítica del concierto de Maika Makovski en Castellón


Esta es la crítica del concierto que ofreció Maika Makovski hace diez días en el Paranimf de la UJI de Castellón, tal y como se ha publicado esta semana en la Cartelera Turia. Las fotos son de Carme Ripollés y Pau Bellido


Perseverancia recompensada


Maika Makovski: Elegancia contenida, sin negar ebullición rock (Foto: Carme Ripollés)

Hace más de ocho años, a muchos nos daba por hacernos cruces ante el escaso eco que generaban los discos y las giras de Maika Makovski. Eran tiempos en los que su estampa era la de una joven rockera de rompe y rasga, sempiternamente marcada por la alargada sombra de la PJ Harvey más volcánica, pero dotada al mismo tiempo de una versatilidad que esbozaba, ya entonces y con solo un par de álbumes, un porvenir que merecía trascender el siempre inhóspito underground. Un subsuelo al que parecía más ligada por la coyuntura que por vocación, desde luego. Porque su presencia escénica ya era torrencial, pero su proyección no terminaba de despegar por aquí, pese a los parabienes que recibía fuera de España. Casi una década después, parece que la perseverancia, el ansia de crecimiento creativo y el saber dotarse de buenas compañías (la mano del productor John Parish se ha hecho notar en sus mejores trabajos) por fin están dando sus frutos, y su nombre ya es más una referencia plenamente asentada que un eterno futurible. Buena prueba de ello es la excelente entrada que registró el Paranimf de la UJI en Castellón (rozando el lleno), aunque tampoco hay que desdeñar el poder de convocatoria de Nomepierdoniuna, la estupenda web que cumplía ocho años como referente indispensable de la información cultural en Castellón, y que celebraba su aniversario con la presencia de la artista mallorquina, en el mismo formato en el que lleva ya meses presentando los notables argumentos de Chinook Wind (2016), su sexto álbum.

Maika Makovski, dando buena cuenta en escena de su balance entre sensibilidad y precisión (Foto: Pau Bellido)

Consciente y premeditadamente alejada de los cantos de sirena de la algarabía festivalera, Maika prefiere ahora acercar su repertorio a un público -generalmente- más exigente (al menos más atento) y conducirlo por vericuetos intimistas, con el apoyo del Quartet Brossa (de cuerda) junto a trombón y batería. Afortunadamente, nada de eso le resta ardor a sus canciones, que podrían correr el riesgo de caer en en la socorrida licuación esteticista y engañosamente adulta, en la plana destilación de cámara, pero casi siempre se las apañan para revelar nuevos matices, gracias a su versatilidad como intérprete y a una iluminación básica pero muy efectiva. Porque aunque “Canada”, “Makedonija” o “Father” (todas de producción reciente) no se distancien demasiado del molde forjado para ellas en Bristol (en un disco bautizado en honor a un viento canadiense de súbitos cambios térmicos), cualquier atisbo de monocromía fue disipado por su inquietante y subyugante interpretación de material ya entrado en años, rehúyendo -de paso- los riesgos del síndrome presentación-de-álbum-que-obedece-a-un-concepto: fue el caso de “Devil Tricks” o “Lava Love” (ambas de su disco homónimo de 2010), realzadas por ocho finos paneles de luz roja, reforzando sus lazos con la ebullición -cercana a un blues rock insano- que las alumbraron, o de la obsesiva “Language” (2012), quizá el punto álgido de un concierto magnético, dechado imponente de sensibilidad y precisión, y en el que -pese a que todo sonó en su sitio, casi milimetradamente- vulnerabilidad y vigor, aunque suene paradójico, fueron la misma cosa.


Carlos Pérez de Ziriza.

martes, 25 de octubre de 2016

Gener, Güiro Meets Russia y Andreu Valor

Comentamos esta semana tres nuevos álbumes facturados en la Comunidad Valenciana. En esta ocasión, el imponente segundo disco de Gener, junto al debut de Güiro Meets Russia y al cuarto trabajo de Andreu Valor.

Gener: lamiéndose las heridas del lobo con un sobresaliente canto a la receptividad femenina (Foto: Belén Segarra).


Paso de gigante, Salto cualitativo. Jugar en otra liga. Son expresiones manidas, que utilizamos cada vez que alguien sobrepasa -con mucho- las expectativas que se le dispensaban. Pero ahora valdría cualquiera de ellas. Porque El Temps del Llop (Mesdemil, 2014), el debut con el que Gener despuntaron hace un par de años, auguraba un recorrido fértil. Pero nada hacía pensar que su secuela fuera a concretar el exuberante big bang de ideas que albergan sus once canciones. Si en aquel debut largo la banda de Carles Chiner maleaba la tradición folk rock desde un prisma árido pero genuino, inoculando la semilla de un blues rock bastardo, en Oh, Germanes! (Mesdemil, 2016) los nutrientes y las coloraciones se multiplican, con el punto de mira puesto en la tradición del soul y el gospel. Todos los elementos se cuecen en el estudio del experimentado Paco Loco (Puerto de Santa María), y el resultado depara un sonido panorámico, ambicioso y de una sensualidad casi magnética. Un disco que suena más a trabajo de banda que de autor, guionizado además por el hilo argumental de unos textos que suponen tanto un homenaje a la feminidad como una crítica a los estereotipos de sexo (masculinos, especialmente), corroborados por un coro (Las Reinas Magas) y por su portada, collage de más de 40 personajes femeninos. Y armado sobre canciones con hechuras de singles inapelables (“Qui t'estima”), gozosas relecturas en clave gospel (“Bruixa, bruixa”), acercamientos a la psicodelia pop, y no como la socorrida caoartada -para enmascarar falta de ideas- con la que muchos la emplean (imposible no acordarse otra vez de Grizzly Bear en algunos tramos de “Les Dones” o “La gràcia que tens quan camines”) o explosiones de blue eyed soul con acento mediterráneo (portentosas “Convencionals” o El meu amor es diu Dolors”). Y todo ello surcado por la voz de un Carles Chiner en estado de gracia, dotado de una inusitada versatilidad como intérprete. Un trabajo favorito, desde ya, a mejor disco del año en la Comunidad Valenciana. Será difícil que alguien lo desbanque de ese lugar jerárquico en los dos meses y pico que quedan para empezar a perfilar los habituales resúmenes anuales. Lo presentan este sábado 29 de octubre en La Casa Cantonera de Algemesí (Valencia), y el próximo 4 de noviembre en La Rambleta de Valencia, dentro del Deleste Festival.

En coordenadas completamente distintas, pero desenvolviéndose con un poder de sugestión similar, el dúo que forman los valencianos Juanvi Fortea y Francisco León edita su primer álbum: un espléndido tratado de rock instrumental que se debate entre el kraut rock en su versión más planeadora, la kosmiche musik, el ambient o la IDM, deglutidos desde un prisma tan bien enfocado que nadie diría que estamos ante un debut. Los espectros sonoros de Harmonia, Neu!, Brian Eno u Orbital se ciernen sobre las ocho largas composiciones del debut de Güiro Meets Russia, que remite -como tantos puntales del género- a la prospección de un futuro repleto de sombras amenazantes, tanto por su título (Dystopia) como por los de algunos de sus temas, como “The Possibility of an Island” (guiño a la novela de Michel Houellebecq) o “Deus ex Machina”. No extraña que hayan compartido cartel con Esplendor Geométrico. El trazo maquinal de su propuesta, que revela la aparente frialdad del género (tan frecuentado en los últimos tiempos en la cálida Valencia, por cierto), no deviene en ningún momento en monotonía. Actúan en el Mira Digital Arts Festival, a celebrar del 10 al 12 de noviembre en Barcelona.

El cantautor de Cocentaina Andreu Valor, por su parte, edita Bandautòrium (Mesdemil), que no es más que el resultado del ambicioso proyecto que llevó a cabo hace unos meses, en el que acercaba su ortodoxo sentido de la canción de autor al terreno de las bandas de las sociedades de música, tan inherentes al tejido cultural valenciano, y que lo vertebran prácticamente de pueblo en pueblo. Una maniobra que recuerda, inevitablemente, al formato empleado por Pau Alabajos en su conciertodel Palau de la Música, en septiembre de 2012 (inmortalizado en el disco Pau al Palau, de 2014, aunque en su caso se trataba de una orquesta sinfónica). El director Ramon Garcia Soler fue el responsable de la adaptación y los arreglos, que redondean catorce canciones -entre inéditos y clásicos de su discografía- realzadas por violonchelos, trompetas, flautas, y oboes, lejos de su habitual austeridad, con colaboraciones de Borja Penalva, Mireia Vives, Berta Íñiguez o Tomàs de los Santos.

-GenerOh, Germanes! (Mesdemil)
-Güiro Meets RussiaDystopia (Verlag System)
-Andreu ValorBandautòrium (Mesdemil)

Carlos Pérez de Ziriza.