jueves, 22 de septiembre de 2016

Crítica del concierto de Carla Morrison en Valencia.

Esta es la crítica del concierto que ofreció la mexicana Carla Morrison hace unos días en Valencia, tal y como se ha reproducido en el número de la Cartelera Turia que ha salido esta semana.

Carla Morrison – Terraza de El Corte Inglés de la Avda. Francia (Valencia)

En carne viva

Carla Morrison, en un momento de su reciente concierto en Valencia (Foto: Chris Carrera)

Los conciertos que desde hace un tiempo auspicia una conocida marca de bebidas en la terraza de los hoteles de varias ciudades españolas suponen una espléndida forma de ver en directo, en la cercanía que da prácticamente el cuerpo a cuerpo, las versiones acústicas y más intimistas de algunos músicos de renombre. En el caso de la mexicana Carla Morrison (a diferencia de otros artistas que frecuentan nuestros escenarios con más asiduidad), la fecha -que formaba parte este año del traslado del ciclo Live The Roof a la terraza de unos grandes almacenes cercanos- sustanciaba también una espléndida e inusual ocasión de verla en Valencia, solo un día antes de su actuación con banda al completo en el festival madrileño DCode. Así que su actuación fue un delicioso showcase acústico de algo más de una hora, presidido por su imponente y emocionante timbre vocal y con la única compañía de un guitarrista acústico, que también utilizó su instrumento a modo de cajón rítmico en algún pasaje.


           Carla Morrison y cía: sublimando el desamor en lo alto de un octavo piso (Foto: Chris Carrera)

A falta de un armazón instrumental que logre evocar las atmósferas de discos como Amor Supremo (2015), su último y más logrado álbum, la joven (tres trabajos largos con treinta años recién cumplidos) de Baja California se las apaña con la misma autoridad para tocar la fibra sensible de la audiencia (un centenar de personas) con los mimbres mínimos, gracias a la veracidad que transmiten esas puzantes historias de desamor sobre las que alguien dijo que parecen fruto de un cruce entre Patsy Cline y José Alfredo Jiménez, y que ella defiende con una vehemencia que desarma. La desnudez del formato también dio unidad al temario escogido, porque tanto las canciones de su primer álbum, que le produjo Natalia Lafourcade (“Compartir”, “Una salida”) como las del segundo, que le procuró dos Grammy latinos (“Disfruto”, “Déjenme llorar”) o el tercero (“Azúcar Morena”, “Cercanía”, “Vez primera”) comparten la misma desgarrada matriz y se desenvuelven, sin aditamentos, con la misma belleza hiriente. Mención especial para la curiosa intervención final de Jorge Martí (La Habitación Roja) en “Déjenme llorar”, en contrapartida a la aportación que unas horas antes había rendido la mexicana al concierto de los valencianos en La Rambleta, abordando su “Indestructibles”. Ojalá no tarde mucho en volver, y lo haga con banda al completo.


Carlos Pérez de Ziriza.

martes, 20 de septiembre de 2016

Arthur Caravan, Cisco Fran y Toxydoll

Volvemos a poner el foco en la actualidad discográfica valenciana con tres nuevos trabajos largos, a cargo de Arthur Caravan, Cisco Fran y Toxydoll.

Arthur Caravan: de los balcones de Alcoi al cielo.

Ya se echaban de menos nuevas canciones de Arthur Caravan. El espléndido Atles enharmònic (MDT, 2011) les encumbró como una de las mejores y más versátiles bandas no solo de la escena del rock en valenciano (a estas alturas, resulta un poco frustrante que la adscripción a una escena depende de la lengua en la que uno se exprese, y no de su lugar de procedencia), sino de toda la Comunidad Valenciana. Tampoco habían estado parados desde entonces, porque Wegener (MDT, 2013), su alianza con su paisano Hugo Mas, había mostrado su faceta más enérgica y tremendista, al tiempo que Pau Miquel Soler rendía tributo a Vicent Andrés Estellés en L'amor o la guerra (MDT, 2013). . Ahora vuelven, y tratan de escapar de esa tópica dificultad que se les asigna a los terceros largos con un álbum, Major propósit (MDT, 2016), que condensa y realza sus mejores virtudes: su habilidad para trazar melodías luminosas (“Temptativa impossible”), su capacidad para salirse por la tangente y componer canciones de estructura imprevisible -a veces con pespuntes electrónicos- , de las que se sabe cómo empiezan pero no cómo acaban (“La traïció de les imatges”), su propensión a incurrir en una grandilocuencia sonora y lírica que nunca suena gratuita (“La gran guerra”), su querencia por delicadas viñetas acústicas (“L'imperi de les llums”, “Le mal du pays”, “La gran família”), su forma de empaparse de psicodelia sin coartadas de retrofuturismo cool ni demás zarandajas por el estilo (“El més enllà”), su manera de embravecer estribillos que rematan arrebatadoras andanadas rock (“Principi de plaer”) o su pericia para moldear postulados post rock y hacerlos propios (porque “Entreacte” la podrían haber firmado Tortoise, pero puramente suya). El álbum, concebido en torno a la obra pictórica de René Magritee, podría haberse convertido en un peñazo conceptual de barniz arty. Pero no lo es. Produce Dalmau Boada (Les Aus, Zeidun). Otro extraordinario trabajo, disponible desde hoy mismo.

Vuelve también Cisco Fran, aunque en esta ocasión lo hace con su primera referencia en solitario, tras conmemorar el 30 aniversario de La Gran Esperanza Blanca sobre los escenarios hace unos meses, quién sabe si como preludio a un largo paréntesis. Gigante es un mini LP de cinco temas que afrontan distintos tratamientos, según sus acompañantes, que van desde Eduardo Hirchsfield al piano hasta Santi Serrano a la batería, pasando por sus habituales Chiti Chítez y Chuso Al (en uno de los temas) o las guitarras de Juanma Pastor, Luis Martínez (quien también produce en su estudio), el bajo de José Sala, el órgano de Gilberto Aubán y los coros de Rebeca Ibáñez. Fiel a su imaginario particular, si bien afilando su trazo más confesional en "Desaparecer", el tema más austero y quizá también el que más se distancia del sonido de su banda de siempre. Disponible el 30 de septiembre.

Y finalizamos con un disco que podría ser considerado una rareza, tanto por su procedencia como por el cariz abiertamente experimental que transpira. Se trata del primer álbum de Toxydoll, el proyecto del que forma parte el saxofonista valenciano Vicent Doménech (junto a músicos de procedencia rusa e italiana), quien ha grabado en Berlín (y editado también en un sello de la capital alemana) un trabajo que transita por esa resbaladiza senda en la que el rock sin corsés y el free jazz se dan la mano, con ecos -inevitables- de Ornette Coleman y John Zorn. Un álbum de difícil catalogación, pero altamente sugestivo.

Arthur CaravanMajor propósit (MDT)
Cisco FranGigante (Peanut Records)
ToxydollBullsheep (Aut Records)

Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Crítica del concierto de Bunbury en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que ofreció Bunbury hace unos días en la Plaza de Toros de Valencia, tal y como ha sido publicada en las páginas de la Cartelera Turia


                    Todos los Bunburys posibles

                                                     
    Un momento de la actuación de Bunbury en Valencia (Foto: Irene Bernad)


Es una constante: pasan los años, las décadas, y los músicos de renombre -no todos, obviamente- se sienten legitimados para recapitular, recuperar su pasado y volver a blandirlo con orgullo renovado. Aunque su propuesta actual more por otros derroteros e incluso la rememoración desmienta sus declaraciones de hace años. Hay veces en las que es la necesidad de engordar la chequera la que manda, y otras en las que es el simple capricho personal. Enrique Bunbury ya resucitó a Héroes del Silencio en 2007, en una gira multitudinaria que reportó insospechado beneficio a sus ex compañeros de banda. En realidad, él no tenía gran necesidad pecuniaria -más bien, ninguna- de resucitar la marca, habida cuenta de lo próspero de su carrera en solitario a ambos lados del charco. Ahora, y sin tantas alharacas, ha recuperado siete de las canciones más emblemáticas de su antigua banda (casi un tercio del total de sus conciertos) para celebrar sus treinta años de trayecto en el negocio de la música, e imbricarlas en un repertorio que recorre prácticamente toda su discografía, tal y como plasmó en el directo El libro de las mutaciones (2015). La gira correspondiente, que pasó por la Plaza de Toros de Valencia, ofrece así la versión más panorámica de su carrera, en un ejercicio de cierto transformismo sonoro, que cambia de registro en cuestión de minutos y no siempre se salda con total naturalidad, pese a lo eficiente de la banda que lo sustenta y a la habitual entrega escénica del maño, apóstol del manierismo interpretativo. “Iberia Sumergida” se beneficia de un barniz fronterizo, “Avalancha” sale bien parada al levantar el pie del acelerador y rebajar el nivel de épica y “La chispa adecuada” adquiere un tono crepuscular, casi de nightclub, que también rehúye el exceso de grandilocuencia. “Maldito duende”, por contra, funde su primer baño de masas entre las primeras filas de fieles con aquella misma ominosa casaca after punk, sin actualizar, que hoy en día ya es solo es privativa de bandas de revival (aunque de vez en cuando facturen material nuevo) como The Mission.

No todas las piezas encajan igual, ni admiten una mirada plenamente vigente, por muy celebradas que sean. El cambio de tercio a veces resulta brusco, pasando del registro de crooner a una gravedad rock de muchos octanos y luego a los aires balcánicos o fronterizos, en apenas segundos. Son muchos los Bunburys que se citaron en el mismo concierto, cambiando de faz como quien cambia de camisa. Algo que no deja de revestir su lógica si damos por bueno el carácter inquieto de un músico presto a mudar de piel, pero que restó cohesión a su show, entendido en clave de celebración y desde una óptica más propensa a afilar las aristas rock de “El hombre delgado que no flojeará jamás”, ahormar “Dos clavos a mis alas” de forma que apenas desvele que fue compuesta para Raphael e incluso de congraciarse con Radical Sonora (su debut en solitario, de 1997) a través de una “Alicia (expulsada al país de las maravillas)” que nunca compartió el sostén electrónico de casi todo aquel álbum. Jordi Mena, Álvaro Suite, Jorge Rebenaque y demás subalternos cumplieron con la solvencia acostumbrada, y su parroquia salió más que satisfecha de sus más de dos horas de concierto, perfilado como un alto en el camino para tomar aire y hacer que el personal pueda picotear de cada una de las múltiples inclinaciones del músico, a modo de menú degustación de toda una carrera.



Carlos Pérez de Ziriza.

martes, 23 de agosto de 2016

vine Waltz, Tardor, deBigote y Gatomidi: entregas en corto

Volvemos a orientar el radar a la actualidad discográfica valenciana con cuatro discos que exprimen la distancia más corta, la que va del single de una sola canción al EP de cinco temas, pasando también por las tres composiciones. Una buena forma de entretener la espera, aún con el sol de finales de agosto pegando bien fuerte, ante un otoño que se prevé cargado de trabajos destacables. Son las últimas entregas de vine Waltz, Tardor, deBigote y Gatomidi

vine Waltz: Julio Fuertes o un hombre llamado caballo (Foto: Estrella Jover)

Dice que Paul McCartney, Stevie Wonder y Prince son sus principales influencias, filtrados a través de la electrónica de Justice, Mr. Oizo o Aphex Twin, y la verdad es que la confesión no suena en absoluto a boutade tras la escucha de los cinco temas que conforman el debut de vine Waltz. Que no es más que el proyecto en solitario de Julio Fuertes, el teclista de los valencianos Johnny B. Zero, ahora mismo en capilla ante lo que debe ser su segundo álbum. Cinco canciones producidas al alimón entre él, su compañero Juanma Pastor y Carlos Ortigosa, que se podrían inscribir en la galaxia de insignes iconoclastas como Ween o rastreando los pasos del Beck menos convencional.

Tardor, por su parte, entretienen la espera hasta que llegue su tercer álbum con un single tan entusiasta y jovial como su propio título indica, “Eufòria”. De nuevo con la ayuda en la producción del ubicuo Pau Paredes (Twelve Dolls, Kostrok, Modelo de Respuesta Polar, STTL), aligerando de gravedad su propuesta y avivando el componente rítmico (su trote es casi Motown) de su rock filoalternativo, en la estela de Kings of Leon o The Gaslight Anthem.

También destilando su producción en dosis extremadamente medidas, los castellonenses deBigote siguen abriendo el apetito del personal ante el que debería ser su segundo largo (de hecho, esto es un adelanto), con una nueva canción producida -tras aquel “Cosmos”, su anterior sencillo, de finales del año pasado, que supervisó Xavi Muñoz- por Remi Carreres (Glamour, Comité Cisne, Jean Montag, Coleccionistas). El resultado es "Familia Feliz", un tema que se empezó a grabar “el día que murió David Bowie”. Así lo confiesan, sin rubor, en su carátula. Y no hay mejor homenaje posible si se trataba de resaltar su ascendiente, porque es otra canción pop extraordinaria, subrayada -como es costumbre- por una letra sobresaliente.

Y finalizamos con Gatomidi, el trío originario de Mota del Cuervo (Cuenca), al que cada vez le unen menos vínculos con Valencia (se mudaron a Madrid hace un par de temporadas). Aún así, siguen grabando cada nueva entrega en el estudio de Luis Martínez (Euro Trash Girl, Senior i El Cor Brutal, La Gran Esperanza Blanca). Siempre les hemos dispensado un más que merecido hueco en este blog, y sus últimas tres canciones no van a ser una excepción. The Flower's Cavern (Part One) ameniza la espera del que debe ser su tercer álbum este otoño, mostrando la veta más melódica y atmosférica del trío que encabezan Jimena Quejigo y Nolasco Contreras. Cercana en ocasiones a una psicodelia bailable que puede recordar los tiempos de Madchester sin sonar a naftalina, como ocurre en “Space”.


Vine WaltzVine Waltz (Hall of Fame)
TardorL'eufòria (Mesdemil)
deBigoteFamilia Feliz (Autoeditado)
GatomidiThe Flower's Cavern (Part One) (Autoeditado)



Carlos Pérez de Ziriza.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Crítica del concierto de Alejandro Sanz en Valencia


Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció Alejandro Sanz hace un mes en la Plaza de Toros de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia de esta semana.

Visitas por victorias

Alejandro Sanz, en una imagen de un concierto de 2015.

Al igual que sucede con Miguel Bosé, las visitas de Alejandro Sanz al coso taurino valenciano se cuentan por victorias. Da igual que potencie el contenido meloso de sus shows, o que realce esa veta epidérmicamente funk que ha pulido con Sirope (2015), el que fuera su último disco. Cada nuevo concierto suyo cuenta en el beneplácito incondicional de su parroquia. Lo más sorprendente de su concierto, apenas menos de un año después de su última visita al mismo recinto, fue el comienzo: irrumpiendo por un lateral del escenario en compañía del resto de la banda, mientras el coro Safari de Uganda (con quienes ha estado colaborado con fines benéficos) convertía el escenario en una fiesta polirrítmica, tras una versión light del “No dudaría” de Antonio Flores.

Tras ellos, el guiño funk al ritmo de una intro instrumental en la que la banda al completo exclama Sirope con la misma cadencia que el “Get Up” del “Sex Machine” de James Brown, y luego ya la batería de éxitos, con un pie en el presente y otro en el pasado: “El silencio de los cuervos”, “La música no se toca”, “Mi soledad y yo”, “Amiga mía”, “Corazón partío”... y así hasta llegar al bis, con el recuerdo a la lejanísima “Viviendo Deprisa” y a esa “Pisando Fuerte”, casi en clave máquina. Fue el mismo Alejandro Sanz de siempre, marcándose el tradicional guiño flamenco a Lole y Manuel (“De color”) pero también dotando a su sonido de una bienvenida negritud, poco novedosa pero muy apta para barnizar su cancionero con esa pátina de respetabilidad adulta que tanto se lleva (su público también crece) y no excediéndose con la melaza romanticista. Y triunfando entre los suyos sin la menor reserva, claro.


Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 7 de agosto de 2016

Crítica del concierto de Melody Gardot en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que la norteamericana Melody Gardot ofreció hace unos días en los Jardines de Viveros, dentro de su Feria de Julio, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia de esta semana. 

Arrojo contenido

Melody Gardot: carisma e irreprochable factura. 

Tiene las hechuras de las grandes damas actuales del jazz. Incluso cierto arrojo en escena, ese que se echa de menos en figuras como Madeleine Peyroux o Diana Krall. Pero también el exceso de reverencia a los clásicos, ese punto de academicismo que diluye cualquier sanguíneo arranque de genio. La norteamericana Melody Gardot es una front woman con carisma y credibilidad, a sus 31 años. Le da estupendamente al piano y a la guitarra acústica, y se mueve por el escenario con la sensualidad de quien sabe que tiene al público prácticamente ganado desde el minuto cero. Su actuación de Viveros, seis años después de su primera visita a la ciudad (en el Palau de la Música), mostró su evolución, acompañada de un estupendo manojo de músicos con los que escenificó ese vigoroso giro -del jazz aromatizado al funk y el rythm and blues clásicos- que ha plasmado en el notable Currency of Man (Verve), su cuarto trabajo largo.

“You Don't Know What Love Is”, con la imponente trompeta de Shariff Clayton, y una tremendamente seductora “Bad News”, con ese innegable deje al Tom Waits de tugurios nocturnos y el gran saxo de Irwin Hall Jr. dándole el contrapunto, fueron dos de los mejores momentos de un concierto impecable, al que no se le puede reprochar gran cosa más allá de su apego por la ortodoxia y esa irrefrenable tendencia que esta clase de bandas tienen por acercar sus canciones al canon de la jam session, incurriendo en desarrollos de virtuosismo algo gratuito. Pecata minuta, en todo caso, ante el derroche de delicadeza que se marcó Gardot al piano con “Goodbye”, ante su arrebatado guiño al “See Line Woman” de Nina Simone (uno de sus claros referentes) o ante cómo defendió “Baby, I'm a Fool”, con la sola compañía de su guitarra acústica.


Carlos Pérez de Ziriza.

jueves, 28 de julio de 2016

Resumen del FIB 2016

Reproducimos nuestro resumen del último FIB, tal y como se ha publicado en sendas entregas sucesivas en la páginas de la Cartelera Turia

XXII Festival Internacional de Benicàssim 

La marca reflota con fuerza

The Chemical Brothers: la mejor versión que se les recuerda (Foto: Víctor Albert)

Si hace tres años, con el concurso de acreedores amenazando la celebración del festival a dos semanas vista, nos cuentan que el FIB iba a recuperar sus mejores cifras, no lo hubiéramos creído. Habrá que dar la razón a la gestión de Melvin Benn, su director desde entonces, porque los más de 40.000 asistentes de media diaria (lleno total el sábado, con 46.000) avalan su apuesta, centrada en abrir la cita a sonidos de mayor recorrido en la actualidad (electrónica, hip hop, grime) y combinarla con una nómina de bandas estatales que mejora su presencia, en calidad, cantidad y horarios. Incluso el balance entre público extranjero (británicos, la gran mayoría) y español sigue equilibrándose, en proporción aún de 54% frente a 46%, en favor del primero (aunque no dé esa sensación). A continuación, el resumen sintético de un festival que el año pasado frenó la sangría, y este año vuelve a cobrar altura de vuelo. Y en cuyo podio particular podemos colocar a Kendrick Lamar, The Chemical Brothers y Massive Attack.


-The 1975: Volvían dos años después, y casi parecen otra banda. Su propuesta puede ser inocua (¿cuál no lo es hoy en día?: sobran dedos en las manos), pero evoca con estupendo buen gusto, exquisita escenografía y gran poder de contagio el funk pop británico de los 80 (Duran Duran o hasta el Bowie de Let's Dance). Comercialidad con crédito.

-Band of Skulls: Pillamos su actuación ya muy avanzada, pero podemos decir que las aguerridas canciones de los británicos, moldeadas en torno a un indie rock estándar y sin aristas, con turbo hard rock, cuajaron entre el público.

-Bloc Party: Kele Okereke convirtió su carrera en una sostenida pendiente abajo desde su debut hace más de una década, de ahí su emplazamiento en un escenario secundario respecto al de bandas que comenzaron cuando ellos, con menos brillantez pero mejor resistencia al paso del tiempo (The Maccabees o The Coral). Lo debe saber, porque rescató “Banquet”, “Helicopter” o “Positive Tension”, aliviando así su pérdida de mojo en un set, cuando menos, entretenido y con algunos brotes de excitación.

-Cápsula: En vista de que David Bowie, largo objeto de deseo del festival, ya no podrá venir nunca a Benicàssim por motivos obvios, los argentinos le dispensaron un digno tributo, reinterpretando con vigor y reverencia su mejor producción de los 70.

-Catfish & The Bottlemen: Anodina banda galesa de indie mainstream para radiofórmulas, con los consabidos coros épicos y estribillos ramplones.

-The Chemical Brothers: El mejor concierto de los cinco o seis que uno es capaz de recordarles, en este festival o en cualquier otro escenario. Excelente balance entre todas sus etapas creativas, audiovisuales impactantes y de precisión milimétrica, ritmo sin fisuras y, en resumen, apabullante muestrario de las razones de su magisterio en la cultura de baile aplicada al rock.

-The Coral: Nunca fueron una banda de picos creativos pronunciados, y su folk pop de leves tintes psicodélicos respondió a esa solvente discreción. Estimulante cuota brit a la espera de los platos fuertes, sin más.

-Cosmen Adelaida: Estupendo concierto de los madrileños, de menos a más, resolviendo con destreza la maraña eléctrica que alambra sus canciones, deudoras de la mejor tradición indie anglosajona.

-Chucho: Primaron las canciones de su notable último disco y recuperaron sus clásicos con cuentagotas, pero ni la escasa potencia de sonido -una constante en el escenario FIB Club- ni la discreta asistencia jugaron a su favor. Además, la maestría de Alfaro y los suyos siempre luce más en sala.

-Mac DeMarco: Cómo se agradece la presencia de versos sueltos como el canadiense, blandiendo las cualidades acuosas de esas canciones que beben del lo fi, del indie rock o del dream pop. Seductor concierto el suyo, aderezado con ese sentido del humor que lo conecta a ilustres iconoclastas como Ween, They Might Be Giants o Frank Zappa.

Disclosure: la inteligente elegancia de los hermanos Lawrence (Foto: Víctor Albert)


-Disclosure: Arrancaron de forma algo convencional, primando el factor house más amable de su propuesta. Luego pisaron el acelerador con una batería de sus mejores temas, con la que probaron otra vez por qué son los más listos de la clase a la hora de licuar las más inquietas corrientes dance británicas (UK Garage, dubstep) y adobarlas con imponentes colaboraciones. Los hermanos Lawrence son (muy) buenos músicos.

-DJ Shadow: Merecía más atención. Y eso que era el engarce perfecto entre los shows de Kendrick Lamar y Massive Attack. Pero no parece que su condición de rey del hip hop abstracto en los 90 se haya proyectado al presente con suficiente vigor. En cualquier caso, el magnético paisajismo sonoro de su sesión cumplió. Sobradamente.

-Echo & The Bunnymen: Tienen tan asimilados sus automatismos sobre el escenario que muchas veces parece que activen el piloto. Misma iluminación azul oscuro, mismas poses, mismo cigarro y misma copa en manos de Ian McCulloch. También mismas canciones (“The Killing Moon”, “The Cutter”, “Lips Like Sugar”), clásicos inmunes al desgaste. La envidia de cualquier compañero de cartel.

-Extraperlo: Habituales en los últimos tiempos (tanto a su nombre como con proyectos paralelos), consiguieron deslindar los matices que hacen que el tropicalismo pop de su propuesta se haya enriquecido.

-La Femme: En la misma línea de su última visita. Efervescentes, divertidos, vivificantes en su forma de reivindicar el lado más colorista de la new wave.

-Fidlar: Los angelinos propinaron un abrasivo set de punk rock con abundantes desvíos a carreteras afines, y prendieron el pogo entre una chavalería que convirtió la explanada ante el escenario principal en un gozoso espectáculo. Un gustazo.

-Jess Glynne: Digno producto de la escuela X Factor, en la estela de Adele. Entretenido reclamo para la clientela británica estándar. Otras veces fueron Jessie J, Katy B o Ellie Goulding. Y esta vez le tocaba a ella.

-El Guincho: Escenario grande a primera hora de la tarde, y defendiendo el giro de su reciente Hiperasia (2016), sazonado con gotas de trap y reggaeton. No lo tenía fácil Pablo Díaz-Reixa, pues. Pero se marcó un concierto estupendo. Y rescató “Bombay”.

-John Grvy: El R&B digital del madrileño, de elegantes hechuras, cuajó de forma intermitente. Hizo un guiño al “Everybody” de Backstreet Boys, quizá para romper el hielo.

-La Habitación Roja: Tan solventes como siempre y primando su producción reciente, tanto la más bailable (“De cine”, “Ayer”) como la más melosa (“Si tú te vas”, “Volverás a brillar”). Sin delegar en la nostalgia, y eso que con pocos festivales tienen más afinidad que con este, desde que pisaran el mismo escenario -por primera vez- en 1998.

-Hinds: Gozaron de dos huecos en la programación. Uno en la carpa FIB Club como Weers, por sorpresa, y otro en el escenario grande, ya como Hinds. En el segundo, especialmente, demostraron su progresión tras patearse los escenarios de medio mundo. Temario aún desigual -aunque no exento de los habituales brotes de frescura contagiosa- y una ejecución que va borrando aquellos desajustes que tanto enervaban a la legión de guardianes de la ortodoxia.

-Hooton Tennis Club: Poco más de un centenar de personas asistieron al estupendo concierto de los británicos, prueba irrefutable de que el indie rock de ascendencia noventera dejó de ser pasto de FIB hace muchos años. Hoy es carne de Primavera Sound, guste o no. Tres cuartos de lo mismo pasó con I Was A King o Splashh en otras ediciones. Lástima, porque su crujiente forma de deglutir los dictados de Pavement o Teenage Fanclub merecía más atención.

-Jamie xx: Estimulante y muy elegante sesión del cerebro en la sombra de The xx, pinchando una selección de vinilos propios y ajenos, entre los que figuraban “Atmosphere” (Joy Division), “You Got The Love” (The xx versionando el clásico house) o su “Loud Places”. A falta de lo que sería una auténtica versión live de su trabajo (con sus vocalistas invitados), buenos son.

-Juventud Juché: Tan afilados como siempre, sin que el incremento de su veta rítmica le haya restado -ni mucho menos- pegada a sus temas. Siempre cumplen.

-The Kills: Aún con la cautela propia de no haber podido ver su set entero (coincidía con Muse), no sería aventurado situarles entre lo mejor del fin de semana. Su repertorio ha perdido algo de filo, pero su prestación escénica sigue siendo avasalladora, con una Alison Mosshart que aún es un auténtico animal de escenario, cerca ya de los 40.

-Kendrick Lamar: Durante su concierto, la pantalla trasera solo mostró un lema, “How Much a Dollar Cost?”, título de una de sus canciones. En un fin de semana marcado por los frenéticos e impactantes visuales, no podía haber mejor declaración de principios. Hacía tiempo que no pasaba por Benicàssim un artista grande en plenitud de sus potencialidades, en plena escalada al Olimpo. Y el rapero californiano no defraudó, con un set estratosférico y austero, tan alejado de la ortodoxia hip hop (estupenda banda) como de la esquizofrénica avalancha sensorial a la que otros recurren (hola, Kanye West). Conciencia de raza y de clase, gotas de soul, funk y jazz y un apabullante dominio del escenario, sin pirotecnia ni fitness. Bien puede ser el Marvin Gaye de su generación.

-Le Parody: Apenas unos minutos pudimos testar el directo de la jienense Sole Sánchez, suficientes para ratificar la singularidad de su fusión entre ritmos del sur, electrónica doméstica y folk digital. Absoluto verso suelto de nuestra escena.

-The Maccabees: A base de tesón y constancia (que no canciones memorables), los londinenses ha logrado perpetuarse entre los principales nombres de los festivales británicos o britanizados. Y su post punk correoso, sin grandes destellos, suele cumplir, y aporta al menos la fibra que les falta a otras medianías.

-Major Lazer: Igual les da actuar en un festival de reggae (el Rototom, hace menos de un año) que en uno más orientado al pop rock (el FIB), porque su coctelera de trap, IDM, dancehall y demás nutrientes no altera, en esencia, su fórmula. Se les vio, eso sí, algo más populistas que en otras ocasiones, atizándole a “El Taxi” (Osmani García) o “Gasolina” (Daddy Yankee), y con una coreografía menos cuidada.

Massive Attack: 3D probando, una vez más, que el medio también puede ser el mensaje (Foto: Víctor Albert)


-Massive Attack: Siempre aportan ese plus de inteligente vindicación de causas nobles, mediante frenéticos mensajes escupidos por su pantalla de LEDS, traducidos al castellano. Esta vez, como buenos hijos del mestizaje (racial y musical), arremetieron contra el Brexit, recuperando “Eurochild”. También contra el terrorismo de nuevo cuño o los desajustes globales. O los efectos de la sobreinformación, con una cascada de titulares. Su sonido se benefició de la savia joven de los Young Fathers (recientes colaboradores) y reforzó una vez más su versión más sombría e intrigante, al menos hasta la salida a escena de Deborah Miller. Sedujeron, aunque sin deslumbrar tanto como otras veces.

-Alberto Montero: Ante el sol de justicia de las ocho de la tarde, el saguntino hizo encaje de bolillos con su embriagador pop psicodélico, deparando un extraordinario menú degustación de su impecable propuesta.

Muse: la pompa de cartón piedra comandada por Matt Bellamy (Foto: Víctor Albert)


-Muse: Se calcula que su sola presencia hizo que el sábado se vendieran 6.000 tickets más que el resto de noches. Lo que demuestra que el devenir del rock no es una sucesión de baches ni de socavones discursivos en su relato (el punk no acabó con nada), sino una historia en la que lenguajes antitéticos conviven en pura armonía, aunque sea ocupando nichos paralelos. Muse son al rock lo que los Harlem Globetrotters al baloncesto. Aunque muchos de sus fans aún crean -bendita ilusión- que son los Cleveland Cavaliers.

-Perlita: Entre el synth pop ochentero y la evocación del pop hipnagógico, la propuesta de estos gaditanos es muy de los 2010, para lo bueno y para lo malo. Reconfortantes de inicio, algo monocromáticos a más largo plazo.

-Ramírez Exposure: El valenciano Víctor Ramírez regaló un estupendo muestrario de pop pluscuamperfecto, con pie y medio bien anclado en la herencia del mejor indie pop de la segunda mitad de los 80. Su banda mezcla mejor y él ha ganado muchísimo aplomo.

-Reykjavikurdaetur: Multitudinario y muy joven combo femenino de hip hop y R&B islandés que se convirtió en la comidilla del fin de semana, más por su atractiva presencia (una de sus integrantes incluso se quitó la camiseta y lució pecho, para alborozo de fotógrafos) que por cualquier otra cosa.

-Ruth Baker Band: Musculosa sesión de soul rock a cargo de la solvente banda castellonense, versión de Rock and Roll (Led Zeppelin) incluida. Como unos The Bellrays locales.

-The Soft Moon: Otra de las estimulantes exclusivas del fin de semana fue la actuación del californiano Luis Vasquez comandando su sombría nave post punk, que reforzó su factor rítmico (su trama de percusión incluyó hasta el aporreamiento de un cubo de basura) y potenció las cualidades hipnóticas de sus mantras.

-Soulwax: Ahora que hasta ellos mismo reniegan de la etiqueta mash up para aludir a sus infalibles sesiones como pareja de DJs, los hermanos Dewaele siguen exprimiendo el electro rock de garrafa con los mismos (previsibles) resultados de hace casi dos décadas. Piñón fijo.

-Skepta: Repitió prácticamente el mismo concierto que en el Sónar, unas semanas antes, pero dio la sensación de que al grime del británico le faltó esta vez algo de aquella mordiente, en una actuación bastante breve.

-Three Trapped Tigers: Se agradeció su angulosa y bien moldeada muestra math rock, en la línea de Battles o los mismos And So I Watch You From Afar, quienes ya vinieron al festival un par de veces en los últimos tiempos.

-The Vaccines: Los británicos son una factoría de himnos instantáneos, y rara vez suelen fallar en la tarea de llevar cualquier gran explanada a su mejor punto de ebullición. El problema reside en su sobreexposición: son tantos sus conciertos en nuestro país en los últimos tiempos, que no hay efervescencia que no se resienta.

-Walking On Cars: Otra banda irlandesa para cubrir la cuota de rigor. Responden a la notable presencia de paisanos suyos entre el público, pero rara vez aportan algo de personalidad. Ellos no fueron la excepción. Anodinos.

-Zahara: Se ha desembarazado de aquella languidez que justificaba, para muchos, las cansinas comparaciones con Anni B Sweet o Russian Red, pero el desparpajo y vigor que muestra en escena aún peca de indefinición, caminando en la cuerda floja del llamado indie mainstream.


Carlos Pérez de Ziriza. 


Puedes consultar también toda la información que publicamos sobre el FIB en el diario El País, tanto el avance como las cuatro crónicas diarias, en los siguientes enlaces: