jueves, 12 de enero de 2017

Lanuca, Doctor Lobo, Somrice y Gabriel y Vencerás

Inauguramos este año el repaso a la actualidad local valenciana con tres referencias cuyo detalle aún arrastramos desde el ejercicio pasado, y una novedad (al menos en físico) ya de este 2017, el notable tercer disco de Lanuca.

Lanuca: Ángela Bonet apuntillando una trilogía de singular magnetismo.


El proyecto de Ángela Bonet sigue superándose con cada nueva entrega, y ya son tres en los últimos cuatros años, cada una de entre seis y siete canciones. Con el valor añadido ya no solo de su difícil catalogación (ni siquiera revolotean otros nombres de bandas por la cabeza cuando uno les escucha: ¡albricias!), sino también de deparar una versión de Manolo Bertrán a la guitarra absolutamente distinta de la que acostumbra en Doctor Divago, un registro a las cuerdas muy distinto. “Tibia Turbia” (el título no podría ser más adecuado) realza aún más las cualidades esquivas e inquietantes de su música, en canciones de apariencia más lineal pero también más escarpada, propensas a segundas lecturas, entre las que sobresalen la sugestiva “Es por amor”, el trazo vintage de “Mirando al mar” o el espléndido balance entre el arañazo eléctrico y la caricia acústica que muestra “Besos tormenta”. El sintetizador de Ana Santos y el cello de Vanessa Juan (Galavera) redondean otro trabajo imprescindible, de nuevo grabado por Dani Cardona en su estudio del barrio del Carmen (Valencia).

Más fácil de ubicar es el segundo trabajo largo de Doctor Lobo, grabado por Carlos Ortigosa y masterizado por el hiperactivo Manuel Cabezalí (alma mater de Havalina, productor de Rufus T. Firefly y masterizador de los también valencianos Siberian Wolves o Ghost Transmission), por cuanto su apuesta por las densas tramas de guitarra, con tendencia a desarrollos que desembocan en lo grandilocuente, enlazan meridianamente con el indie de nuevo cuño que ha predominado en los grandes festivales durante el último lustro (Vetusta Morla, Izal, Supersubmarina). Su metodología -parafraseando su título- se ciñe irreprochablemente y con solvente solidez al canon, pero es tanta la legión de practicantes que se adscriben a esas claves por todo el país, que no lo tendrán fácil para despuntar en medio de tal burbuja, saturada de bandas cuyas diferencias -de matiz, más que otra cosa- pasan inadvertidas.

Los también valencianos Somrice entregan un primer álbum (tras dos EPs previos) en los que deslizan un concepto del pop y del rock amable, ortodoxo y algo inocuo, en inglés y con atildada voz femenina al frente. Entre el pop de querencia vintage (“Come back”), los injertos de reggae en un contexto pop (“Good Times/Bad Times”) o los modismos del hard rock (“Random Rock”). Lo mejor llega cuando se arriman, sin ambages, a la tradición del soul satinado, como en “Get Down To Brass Tracks”, “I Know” y, sobre todo, “Let It Hurt”. Present Tense, que así se llama el discono deja de ser un aplicado trabajo de género (o de géneros, en su caso), que juega a varias cartas muy reconocibles sin apostar por un enfoque unitario.

Y finalizamos con un estupendo álbum que salió también hace ya unos meses (en septiembre), y que nos tomamos la licencia de incluir aquí porque Jorge Pérez Zaera, vocalista, guitarrista y compositor principal de Gabriel y Vencerás, lleva un tiempo residiendo en Valencia. Ellos en realidad provienen de Zaragoza (aunque el resto de la banda reside en Barcelona), y ese origen se nota porque su tercer disco, con merecimiento reseñado en algunos de los resúmenes estatales de lo mejor de 2016, les acredita como principales herederos del legado de sus paisanos El Niño Gusano (los títulos, la voz y los textos no engañan), merced a un puñado de canciones melódicamente resplandecientes, mejor pulidas que en ninguno de sus anteriores discos y rebosantes de arreglos imaginativos. Un disco que genera adicción.

LanucaTibia Turbia (Infinito Discos)
Doctor LoboMetodología (Autoeditado)
SomricePresent Tense (Autoeditado)
Gabriel y VencerásJuegos Mediterráneos (Hermanos Segundos)


Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 1 de enero de 2017

Regalen buena música por Navidad, que es para siempre

Reproducimos nuestro tradicional artículo para el especial Navidad de la Carletera Turia, que se publicó hace unos días

Las cajas y recopilatorios siguen alimentando el hambre del melómano que se aferra al formato físico por su valor añadido

La caja de Lou Reed: toda su obra remasterizada, de 1972 a 1986. 


Como cada año por estas fechas, retomamos algunas recomendaciones en el caso de que quieran ustedes quedar como unos señores regalando esos objetos conocidos como vinilos o cedés a un ser querido. O, en su defecto, en la tesitura de que simplemente pretendan darse un buen autohomenaje con estos soportes, reliquias de un pasado oscuro para la generación millenial pero objetos de deseo (no solo por el material sonoro que albergan sus surcos o sus bits, sino también por la profusa información gráfica de sus libretos) para públicos que se criaron al calor del formato físico, mucho antes de que la música pop rock pasara a formar parte del éter de las plataformas de streaming y cualquier otra nube cibernética. Con algunas de las listas de lo mejor del año ya publicadas (tiempo habrá para la nuestra: no falta material recomendable en el presente), la industria sigue exprimiendo la fe del melómano impenitente para que apoquine en esas colecciones de lujo que tanto material extra (no siempre esencial: si no se publicó en su momento, por algo sería) aportan.  

En un año tan especialmente aciago por la pérdida de algunas figuras esenciales del lenguaje del rock, no podían faltar nuevas retrospectivas en torno a algunos de ellos. Es el caso de David Bowie, en torno a quien se ha publicado el enésimo recopilatorio, un Bowie Legacy (Sony, 2016) que, en formato sencillo o doble, supone otra introducción al neófito pero no aporta gran cosa a quien conozca medianamente su obra, al margen de una mezcla inédita del clásico “Life On Mars” y de incluir un par de temas de su soberbio Lazarus (2016), deparando así una perspectiva más completa en el tiempo que cualquiera de sus muchos precedentes. El caso de Prince, celosamente reacio a despachar material inédito en vida (al margen de sus álbumes oficiales de estudio), es similar. Nadie sabe a ciencia cierta el material no desvelado que debe quedar en sus arcones, así que de momento Prince 4Ever (PNG/Warner, 2016) es otra compilación al uso, aunque aporta un tema ignoto hasta el momento y un espléndido libreto con fotografías de Herb Ritts, junto a 40 clásicos inapelables de toda su discografía. Con Leonard Cohen prácticamente no ha habido tiempo a que la época de las guirnaldas nos asedie con la retospectiva de turno (falleció en noviembre), así que el espléndido box set editado hace cinco años (Complete Studio Albums; Sony, 2011), que agrupa todos sus álbumes desde 1968 a 2009, sigue siendo -y a un precio excelente- el mejor complemento al último tramo de su carrera, coronado con el excepcional You Want It Darker (2016). El suyo es un caso análogo al de Lou Reed, quien nos dejó hace tres años, aunque su discografía ha sido recientemente reeditada en la caja Lou Reed. The RCA & Arista Collection (RCA/Arista, 2016), con sus 16 primeros álbumes -entre 1972 y 1986- remasterizados. Y otra caja jugosa que se remonta aún más en el tiempo: The Mono Collection, de The Kinks, caja de nueve vinilos que reúne los ocho primeros álbumes de la banda de los hermanos Davies, originalmente editados entre 1964 y 1970, con libreto de 48 páginas.

La caja que celebra el 40 aniversario del debut de Ramones: historia punk.


Entrando en el terreno de los aniversarios, una excusa tan buena como cualquier otra para reempaquetar material icónico, nos topamos con Ramones 40th Anniversary Edition (Rhino/Warner), lujosa caja con un vinilo y tres cedés que rescata, mediante maquetas, tomas alternativas y hasta un directo grabado en Los Angeles en 1976, el fulminante álbum de debut del cuarteto de Queens, santo y seña del punk e influjo capital para miles de practicantes de su veta más anfetamínica en sucesivas oleadas generacionales. También cumplía años en este 2016, en su caso, 20, el seminal Omega (1996), grabado al alimón entre Enrique Morente y Lagartija Nick, por lo que no es de extrañar que, coincidiendo además con su gira conmemorativa y su documental, el álbum haya sido remasterizado para la ocasión, con algunas canciones inéditas, libreto, memorabilia y hasta una botella de vino tinto. Un despliegue que roza el fetichismo, pero será un festín para fans. Como también los serán estas tres cajas recientes de músicos españoles: las dedicadas a Carlos Berlanga, Los Auténticos y Bunbury. Del primero, se pone en la calle Integral (Lemuria, 2016), caja con cuatro vinilos, siete cedés y un DVD que agrupa toda la obra en solitario posterior a los tiempos de Kaka de Luxe, Alaska y Los Pegamoides o Alaska y Dinarama, en trabajos tan fabulosos como Indicios (1994) o Impermeable (2001). De los segundos, Los Auténticos, con toda probabilidad la mejor banda pop nunca surgida de Castellón, se pone en circulación Polvo de Estrellas (Lemuria, 2016), tres cedés y un vinilo que recogen toda la producción de los hermanos Villanueva y Juan Morcillo mientras defendieron la marca, durante la primera mitad de los años 80. Una obra sujeta, con justicia, a permanente reivindicación. Y de Bunbury, su discográfica pone a la venta Archivos (Warner, 2016), una doble entrega que reúne, en cinco discos, sus colaboraciones con otros músicos, temas para cine y teatro y otras rarezas, conformando el apéndice perfecto para cualquier completista de su obra.

Berlanga recopilado: algo más que indicios e interferencias de un compositor con chispas de genialidad.



Carlos Pérez de Ziriza.  

jueves, 29 de diciembre de 2016

George Michael (1963-2016), el seductor atípico


Reproducimos el obituario de rigor sobre George Michael, tal y como se ha publicado en el número de esta semana de la Cartelera Turia.

George Michael, en una imagen de mediados de los años 80. 

El músico británico, encontrado muerto en su casa el mismo día de Navidad, transitó de estrella adolescente a una respetabilidad adulta con demasiadas intermitencias


La travesía de Georgios Kyriacos Panayiotou (Londres, 1963-Goring-On-Thames, 2016), nombre real de George Michael, trazó uno de los ascensos más exitosos del pop mundial en los años 80 (más de 100 millones de discos vendidos y una enorme fortuna), pero también dejó rastros de un carácter difícil de reeditar en el mainstream actual: multivendedor pero abiertamente izquierdista y desprendido, capaz de prolongar una carrera que medró en las aguas del estrellato adolescente pero luego reclamó respetabilidad adulta con los bemoles de optar por un título tan explícito como Listen Without Prejudice (su mejor álbum, de 1990) e incluso con la capacidad de reírse de sus propias desventuras judiciales y mediáticas en videoclips como el de “Outside” (1998), en el que aprovechó para salir del armario tras ser detenido por un sórdido episodio sexual en unos lavabos públicos de Los Angeles, cinco años antes de que otro video promocional, el del tema “Shoot The Dog”, fuera censurado por su explícita ridiculización de George W. Bush y Tony Blair, los halcones de las Azores. Su molde de teen star reconvertida en estrella adulta fue el mismo del que se servirían, años mas tarde, sus paisanos Robbie Williams o Mark Owen (Take That), así como estrellas más lejanas en ese firmamento en el que brillan músicos curtidos al calor de boy bands (como el ex N Sync Justin Timberlake). La pintona factura funk pop que blandían sus temas al frente de Wham!, el exitoso dúo que formó junto a Andrew Ridgeley entre 1981 y 1986 (ya saben: “Club Tropicana”, “Wake Me Up Before You Go Go”, “Last Christmas”, “I'm Your Man” y toda la retahíla de singles de impacto) es la misma que alimenta algunas de las canciones de bandas británicas actuales como The 1975.

De cualquier forma, su carrera llevaba ya años varada en la sequía creativa, con una magra discografía apenas salpimentada con los recursos clásicos cuando las ideas escasean: la recreación de material ajeno (Songs From The Last Century, de 1999, con versiones de The Police, U2 o Nina Simone) y la relectura sinfónica de rigor (Symphonica, de 2014, en la que los combinaba con algunos de sus clásicos, y el que alentó su última visita a España), una secuencia apenas interrumpida por un discreto álbum de material nuevo (Patience, 2004). A mucha distancia, en todo caso, de aquellos años 80 en los que llegó a combinar su aportación al omnipresente “Do They Know It's Christmas?” (single colectivo navideño de 1984, interpretado por la aristocracia pop británica del momento) y su presencia en el multitudinario concierto Live Aid unos meses más tarde, junto a uno de sus ídolos y mentores, Elton John. Luego llegaría su dueto con otro de sus grandes mitos, Aretha Franklin (“I Knew You Were Waiting For Me”, 1986), y el éxito mundial de Faith (1987), su primer largo en solitario, que vendió más de 25 millones de copias en todo el mundo (momento también de su mayor pico de popularidad en nuestro país, con aquella gira que le trajo en el verano de 1989), antes de reconvertirse en un ocasional baladista desencantado con la industria del disco (sus problemas legales con la discográfica Sony) a lo largo de unos años 90 en los que su estrella declinó, con puestas al día de su sonido que no trascendían lo convencional y apenas generaban cierta resonancia para alguno de sus sencillos (Older, de 1996, y el single “Fastlove”). Últimamente su nombre era más proclive a generar titulares de prensa por sus adicciones que por sus canciones. Pero su inesperada muerte, con tan solo 53 años (y el contraste con el recuerdo de su apolínea figura durante una época en la que arrasaba en las listas de éxitos), ha agudizado la sensación de estar asistiendo al último ciclo vital de una generación de supervivientes de una era en la que la industria de la música era otra cosa muy distinta a la que es hoy (más de la mitad del contenido de Faith resultaría familiar -en su momento- a oídos de nuestras propias abuelas), en un año ya particularmente sombrío para algunos de sus grandes nombres.

Carlos Pérez de Ziriza.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Crítica del concierto de The Damned en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que los británicos The Damned ofrecieron hace unos días en la sala Moon de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de la Cartelera Turia de esta semana.

Excitación punk de primera mano


The Damned: la inextinguible llamarada del 76

Los augurios no era precisamente halagüeños: la institución punk británica había tenido que cancelar su show del día anterior en Barcelona, debido a un repunte de anemia del siempre vampírico (parece un chiste, pero no lo es) Dave Vanian. Por suerte, el vocalista se recuperó a tiempo para que The Damned despachasen una eficiente actuación en Valencia, en la que tanto la irrelevancia de su nuevo material (el que se espera para dentro de unos meses) como la de su sequía en los últimos años (no facturan nada desde 2008) fue, obviamente, lo de menos. Por algo celebraban 40 años en el negocio. Demostrando, una vez más, que la constancia y el crecimiento sostenido pueden constituir a la larga un asidero de excepción ante el explosivo talento de otros compañeros de generación acreedores de mayor peso específico en el relato histórico del punk, Vanian, Captain Sensible y sus secuaces transitaron con bastante tino desde su periodo de ínfulas góticas (“Street Of Dreams”) hasta los anfetamínicos clásicos de su debut (“Neat, Neat, Neat” o “New Rose”), ahondando en la etapa intermedia del espléndido Machine Gun Etiquette (“Love Song”, “I Just Can't Be Happy Today” o el cierre con “Smash It Up”) y pasando por sus versiones de “Eloise” (Barry Ryan), “Alone Again Or” (Love) o “Jet Boy, Jet Girl” (el clásico de de Elton Motello, compartiendo molde con el “Ça Plane Pour Moi” de Plastic Bertrand). Suficientemente dignos y solventes como para esquivar la autoparodia, lograron transmitir -sobre todo en el electrizante último tramo de la noche- esa rara, infrecuente y excitante descarga de adrenalina que se genera cuando los dictados del punk se despachan de primera mano, y no a través de sus sucesivos revivals. Esa veracidad, intermitente y ya lógicamente ajada por los años, que brota de los auténticos supervivientes. Los veteranos Resabiados, con su punk rock de la vieja escuela, sirvieron un preámbulo muy de piñón fijo.

Carlos Pérez de Ziriza.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Meridian Response, Antiguo Régimen, Caballero Reynaldo y Atlàntic

Seguimos haciendo acopio de trabajos discográficos editados en la segunda mitad de este 2016 en la Comunidad Valenciana. Esta semana lo hacemos con el debut de Meridian Response, el segundo álbum de Antiguo Régimen, la enésima aventura de Caballero Reynaldo y el primer largo de Atlàntic.

Meridian Response, acreedores a uno de los debuts más prometedores del año que se acaba (Foto: Susana Forés)


Ha sido este, sin duda, un buen año para los emergentes Meridian Response, la banda sustentada -fundamentalmente- en la excepcional voz de Marta Domingo (Odd Cherry Pie, Junior Mackenzie), la guitarra de Luis Martín y los teclados de Gilberto Aubán (Gilbertástico). En primer lugar porque ganaron la última edición de Sona la Dipu, lo que les ha permitido curtirse por salas de todo el estado teloneando a bandas bastante más populares qie ellos, como Miss Cafeina). Y en segundo lugar, y mucho más importante, porque la experiencia ha visto refrendada con un seductor primer álbum (grabado en los Music Rooms de Carlos Ortigosa), en el que se dan cita con desenvuelta capacidad sugestiva varias tramas sonoras: apuntes de folk rock polvoriento (“Silver Lining”), algunas letanías acústicas de indudable magnetismo (como “Miss Brown”, que podría formar parte del teario de Emma Get Wild, o esa “Summer House” que no hubiera desentonado en el repertorio de la primera Alondra Bentley) y efluvios de vaporoso dream pop, regidos por un encanto aún esquivo y algo indescifrable (como “Oblivion” o la fabulosa “Eternal Longing”), que remiten al universo etéreo de Beach House e invitan a sucesivas escuchas. Un debut más que prometedor, una de las mejores óperas primas que se han editado en los últimos tiempos en la Comunidad Valenciana.

Sin grandes cambios respecto a su estupendo primer álbum, Antiguo Régimen siguen apostando, desde su respectiva trinchera creativa, por esa portadas de paisajes adustos o gélidos, por esos bajos musculosos que tanto recuerdan a la saga Joy Division-New Order y por esos teclados oceánicos que delatan el influjo de la cold wave. Poco amantes de las etiquetas o los encasillamientos (aunque es absolutamente inevitable hablar de post punk o after punk cuando se abordan sus canciones), el cuarteto valenciano ha facturado con Naturaleza Fractal un álbum (de nuevo grabado en los estudios Sountess) en el que quizá no abunden tantos ganchos melódicos como los que brindaba su predecesor, pero ofrece a cambio un saldo más cohesionado, y también ligeramente más oscuro y obsesivo.

Fiel a su sempiterna heterodoxia, que lo mismo le lleva pervertir los cancioneros de King Crimson, Frank Sinatra, Ennio Morricone o no digamos ya Frank Zappa, entre muchos otros discursos muy entrados en años, Caballero Reynaldo (es decir Luis González, acompañado por la voz de Rebeca Ibáñez) reincide en la obra de The Beatles precisamente desde su ángulo menos previsible: el de las canciones que se vehicularon a través de la voz del siempre oscurecido Ringo Starr. No hace falta decir que las versiones aúnan conocimiento exhaustivo de los originales, sentido del humor y capacidad para releerlas desde una perspectiva propia, que siempre va más allá del guiño cáustico.

Y finalizamos con Atlàntic, la banda que Josep Bartual y María López tienen como alternativa a Moonflower para dar rienda suelta a su querencia más enérgica. Debutan en formato largo (tras un EP de hace un par de años) con once canciones briosas (dos de ellas en valenciano, el resto en castellano) en las que se filtra con reverencia -pero también con ortodoxo oficio- la luz del power pop y del rock alternativo norteamericano más jubiloso de los años 90 (la estela de Fountains of Wayne, Gigolo Aunts o Nada Surf). 1976 concreta una buena ración de estribillos inapelablemente radiantes, despachados con el candor melódico de rigor.

Meridian Response – Álbum (Autoeditado)
Antiguo RégimenNaturaleza Fractal (BFE Records)
Caballero Reynaldo – Ringomania (Hall Of Fame)
Atlàntic – 1976 (Atlàntic Música)

Carlos Pérez de Ziriza.

martes, 20 de diciembre de 2016

Crítica de "Mid Thirties Single Scene", de Scott & Charlene's Wedding

Reproducimos la crítica del tercer álbum de los australianos Scott & Charlene's Wedding, que apareció publicada en el número de noviembre de la revista Mondosonoro.




Scott & Charlene's Wedding – “Mid Thirties Single Scene” (Fire Records)

¿Otra banda saqueando el traqueteo desvencijado de The Velvet Underground y la despreocupación slacker de Pavement? ¿Son necesarias más visitas al revuelto arcón de The Fall? Hay motivos para pensar que nada de eso es preciso. Pero bastan un par de escuchas al tercer álbum de este quinteto de Melbourne para cerciorarse de que no hay truco viejo si las manos del ilusionista son diestras. Y las de Craig Dermody lo son: un tipo que, atravesando el umbral de la treintena, supura veracidad escribiendo sobre enlazar trabajos de mierda, sentirse abandonado por mujeres que no le corresponden y ciscarse en un mundo que no le comprende. Cuitas eternas, destiladas en un puñado de canciones carnosas y palpitantes (notable “Hardest Years”; descomunal “Bush”), que prueban que el mejor indie rock ni se crea ni se destruye. Tan solo se transforma. Y pervive.


Carlos Pérez de Ziriza

lunes, 19 de diciembre de 2016

Crítica del concierto de Mazoni + Arthur Caravan en Valencia

Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron hace unos días los catalanes Mazoni y los alcoyanos Arthur Caravan en la sala 16 Toneladas de Valencia, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia de esta semana.

Versatilidad al poder

Mazoni: la versatilidad creativa, casi esquizofrénica, de Jaume Pla.

Cómo se agradece asistir a conciertos en los que la caligrafía de los músicos va cambiando de tipografía sonora prácticamente a cada canción, incluso saltándose renglones para dar muestra de que son garantía de polivalencia. Así es muy difícil aburrirse, siempre que las canciones se mantengan a flote. Por mucho que los habituales rigores de una fría noche entre semana deparen la foto fija (casi siempre inalterable) del concierto celebrado casi en familia. Eso ocurrió con los catalanes Mazoni y los alcoyanos Arthur Caravan, dos bandas que apenas tienen en común el empleo del catalán, aunque en el caso de los primeros no sea desde el monolingüismo (su último repertorio también le da al inglés). El proyecto del ampurdanés Jaume Pla, desde que se alejó de los concurridos modismos del folk rock, se las ha apañado para lidiar con el synth pop de batalla, el indie rock de la vieja escuela o el post punk bailable, sin que todos esos lenguajes -reflejados sobre todo en sus dos últimos discos- dictaminen una esquizofrenia preocupante. Ni mucho menos. Su concierto, solo interrumpido por unos breves problemas técnicos, apenas deparó un segundo de aburrimiento.

Y tres cuartos de lo mismo cabe decir de Arthur Caravan, quienes presentaban de forma oficiosa las canciones del espléndido Major Propósit (2016), uno de los mejores trabajos del ejercicio en la Comunidad Valenciana. Empezaron un poco fríos, con Endika Martín (Senior i el Cor Brutal) reemplazando al bajo (por necesidades del guion) a Pau Aracil, pero a poco que se entonaron su concierto ganó muchísimos enteros, solventando su escasa media hora con la entrega acostumbrada, entre arranques de psicodelia nada obvia, tramas instrumentales de vigor indudable y esos textos que invitan a afrontar el presente echando mano del pasado, desde un prisma crítico que no contempla lo arty como coartada estética.

En resumen, un estupendo doblete.


Carlos Pérez de Ziriza.