miércoles, 19 de abril de 2017

Crítica del concierto de Laura Cantrell en Valencia

Nos hacemos eco de la publicación de nuestra crítica del concierto que ofreció la norteamericana Laura Cantrell hace unos días en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado en el número de la Cartelera Turia que se pone a la venta esta semana.


Inmejorable forma de pasar un domingo por la tarde

Laura Cantrell: ingravidez casi atemporal. 

Laura Cantrell es la clase personificada. No tiene el arrojo sanguíneo ni el derroche de actitud de una Nikki Lane, pongamos por caso (es el primer nombre que se nos vino a la cabeza, de entre las féminas que nos han visitado en los últimos tiempos abonadas al rock de raíz norteamericana), pero la serena belleza de su voz tiene ese punto de ingravidez, casi atemporal, que hace que las bocas callen y el entorno (domingo tarde, más que discreta afluencia) apenas importe. Más que digna heredera del sonido de esa Nashville en la que se crió y a la que acude de cuando en cuando para grabar sus álbumes, Cantrell ha afirmado con orgullo en más de una ocasión no querer constreñirse a una visión demasiado ortodoxa o excluyente del country.

Y lo cierto es que cuando aborda maravillas como “Someday Sparrow” o “Not The Trembling Kind” (pieza homónima de su exitoso primer álbum) hay que darle la razón, por la forma en la que, más allá de aditamentos como el violín y el banjo (presentes durante buena parte de la velada), tiende puentes con un pop de muchos quilates, sin prefijos ni sufijos, un poco a la manera de Neko Case. “Queen of The Coast”, el preceptivo homenaje a Kitty Wells que es “Kitty Wells Dresses” o el rescate de “The Whiskey Makes You Sweeter” fueron otros de los puntos álgidos de un concierto delicioso y de sonido impoluto. Atípico, por aquello del domingo tarde, pero absolutamente delicioso.


Carlos Pérez de Ziriza.

Polock, Mist, Le Garçon Rêvé y Gent del Desert

Retomamos la actualidad valenciana con cuatro nuevos álbumes, el tercero de Polock, el sexto de Mist, el segundo de Le Garçon Rêvé y el sexto de Gent del Desert.

Polock: emprendiendo nueva etapa reducidos a trío y sintetizando algunos de sus mejores argumentos.


Quizá cansados de su condición de sempiternos aspirantes a dar el salto a la primera división (en cuanto a popularidad) de nuestro pop, Polock han vuelto con un disco en el que parecen querer conjugar lo mejor de sus dos álbumes precedentes: la inmediatez de Getting Down From The Trees (2010) y el aprecio por las texturas atmosféricas de Rising Up (2014). Puede que en el intento estén más cerca que nunca de sonar a Polock y solo a Polock (al fin y al cabo, algo a lo que cualquier banda debería aspirar), y trascender ese esteticismo que a muchos puede parecerles algo hueco, y que tantas comparaciones (The Strokes y Phoenix, fundamentalmente) les granjeó en el pasado. Así que ahora, reducidos a trío (tan solo Papu Sebastián, Pablo Silva y Marc Llinares) y bajo el amparo de Sony, puede decirse que los Polock de 2017 se muestran más desenvueltos y con la mochila de prejuicios más vacía que nunca sobre sus espaldas, sin renunciar a la pegada instantánea (“Out Of The Blue”, “Oh I Love You”) pero luciendo también guitarras eléctricas y teclados que remiten a los años 70 (los arreglos de “Morricone” y sus soluciones melódicas no andan lejos ni del rock progresivo ni de la ELO), desarrollos instrumentales que evocan el funk a la manera de los últimos Tame Impala (“Venecia” y “Cactoos or Bamboo”) e incluso un baladón como el tema titular, que el mismo Ed Harcourt habría estado encantado de firmar. El próximo 19 de mayo estarán en el festival Tomavistas de Madrid.

Rick Treffers, por su parte, cierra el círculo de Mist, el proyecto que le ha tenido ocupado durante los últimos quince años, con Underwater, un suculento compendio de canciones inéditas y rarezas que el músico holandés -afincado desde hace años en Valencia- tenía en la recámara desde hace años, pero habia ido posponiendo en el tiempo, lo que le ha dado la opotunidad de redondear la miscelánea con cuatro temas nuevos, que en un principio iban a entrar en el notable The Loop Of Love (2015). Destacan las colaboraciones de Alondra Bentley (a dueto en “Fade In Fade Out”) y Maria Rodés (“Hey”, en castellano), junto a las versiones de Janis Ian (“At Seventeen”), The Walker Brothers (“The Sun Ain't Gonna Shine Anymore”) y Burt Bacharach (“The Bell That Couldn't Jingle”). En la nómina de músicos figuran los valencianos Gilberto Aubán (Gilbertástico), Remi Carreres, Dani Cardona o Sergio Devece, ya habituales en sus últimos trabajos. Una excelente forma de cerrar el capítulo más largo de una trayectoria que ya inició hace más de dos décadas -primero con Girlfriend Misery y luego con Miss Universe- y que, dada su siempre elegante manera de destilar las esencias del soft rock, el pop de cámara y otros nutrientes pop de muchos quilates, aún debe dar buenos frutos en un futuro. La próxima semana, el 25 de abril será telonero de excepción de Françoiz Breut en La Rambleta de Valencia, antes de celebrar su cumpleaños en el Café Tulsa de Valencia (el 13 de mayo) y de ir a La Lata de Bombillas de Zaragoza (19 de mayo). 

Otros dos músicos foráneos afincados desde hace tiempo en Valencia son el francés John Martínez y el argentino Diego Summo, quienes siguen dando vida a Le Garçon Rêvé, el proyecto que emprendieron tras la disolución de los fabulosos Megaphone Ou La Mort. Eat Your Make Up es su segundo álbum, tras Songs For Mediocre Men Vol. 1, y sustancia un nuevo paso en la evolución de su propuesta, desprovista del cableado eléctrico de los Megaphone pero no por ello exenta de la misma intensidad, ahora filtrada a través de un pop eminentemente acústico y crepuscular, en el que la clase es algo que -desde luego- no se negocia. El saxo de José Luis Granados (“Last Edition of Love”), la viola de Francisco Roldán en otros tres temas o la voz de Rebecca Amar (“Ode à Més Nuits”) apuntalan la serena y embriagadora belleza de su música.

Y cerramos este recuento cambiando de tercio, aunque el giro sea más idiomático que estilístico, porque tampoco se puede decir que folk rock pregonado por el veterano Jesús Barranco (Sade, Rubber Souls) y sus Gent del Desert, que propone conexiones con la tradición local desde hace más de una década, habite en las antípodas. Ésser Viu, su sexto álbum ya, responde precisamente a su título: un disco de quince canciones ya conocidas de su repertorio pero grabadas en vivo, en el estudio del Centre d'Interpretació Turística de la Sierra de Mariola de Ontinyent (Valencia), a través de la cual desfila toda una galería de personajes (“Joan el Guitarró”, “Toni Pep”, “Sant Dimoni”, “La fuga de Cameta”) que forman parte de nuestra cultura popular, junto a adaptaciones de Ovidi Montllor (“Montserrat”), Bob Dylan (“Massa matins”), Dire Straits (“Aigua d'amor”) y Eric Bogle (“I la banda tocà el vals de Matilda”). Es, por cierto, es la suya la última edición del sello valenciano Comboi, que echó la persiana hace un par de meses tras once años de infatigable actividad. Una triste noticia, se mire como se mire. 

Polock – Magnetic Overload (Sony)
Mist Underwater (Skipping Recordings)
Le Garçon RêvéEat Your Make Up (Autoeditado)
Gent de DesertÉsser Viu (Comboi)


Carlos Pérez de Ziriza.

jueves, 13 de abril de 2017

Crítica del concierto de Glen Hansard en Valencia

Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció Glen Hansard hace unos días en La Rambleta de Valencia, y que salió publicada en el número de esta semana de la Cartelera Turia.


Intérprete más que convincente

Glen Hansard: metiéndose al público en el bolsillo de base de intensidad y locuacidad (Foto: María Carbonell).

Quizá si los caminos del cineasta John Carney y Glen Hansard no se hubieran cruzado en 2006, este último seguiría siendo un músico de minorías, otro trovador en medio de un paisaje hiperpoblado de folk singers semianónimos. Sea como fuere, e independientemente del éxito de aquella modesta película (Once), la carrera del vocalista irlandés ha trazado una línea consistente desde que por primera vez se asomara a una gran pantalla como guitarrista en la ya lejanísima The Commitments (Alan Parker, 1991), tanto en sus tiempos al frente de The Frames como en The Swell Season, junto a la misma Markéta Irglová que le acompañó en los fotogramas de Once.

En cualquier caso, no hay nada como crecer al albur de las grandes oportunidades. Porque en la que era su primera visita a Valencia, en un sótano de la Rambleta prácticamente lleno, Hansard ratificó su condición de intérprete más que convincente. Quizá no un compositor genial -ni mucho menos- , pero sí un vigoroso lector de libros de estilo de cuya tradición se sabe legatario, y a cuyos renglones insufla nueva vida merced a una intensidad que por momentos resulta desbordante. Y a merced de actuaciones que parecen no tener previsto un guion.

Sin apoyo de banda alguna, tan solo con su colección de guitarras y un piano, demostró vis de consumado y desenfadado entertainer (quizá sería más preciso lo de storyteller) y desplegó un rango de registros que, por suerte, fue más allá de la melaza que desprenden su cinematográfica e irrenunciable “Falling Slowly” (que cayó, por supuesto) y algunos pasajes del último largo tramo (al menos, largo se nos hizo a nosotros) de su actuación. Gravitando, por ejemplo -y de forma puntual-, entre la espiritualidad de un Van Morrison y la aspereza de un Tom Waits sin cacharrería, reinterpretando a los Pixies (“Levitate Me”) o rebuscando en el fondo de armario de Woody Guthrie para atizar con humor a Donald Trump y su infausto muro (“Vigilante Man”). Apenas le costó meterse al público en el bolsillo.



Carlos Pérez de Ziriza.

lunes, 27 de marzo de 2017

Crítica del concierto de Alejandro Escovedo en Valencia

Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció hace unos días Alejandro Escovedo en el Loco Club de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de las Cartelera Turia de esta semana. 

Respeto máximo

Mr. Escovedo, quien incluso se atrevió a versionar al Leonard Cohen más crepuscular sobre el escenario del Loco Club (Foto: María Carbonell)

Con la marabunta fallera sometiendo a la ciudad al habitual estado de sitio de cada mes de marzo, el tejano Alejandro Escovedo, auténtico verso suelto y superviviente -en todos los sentidos- del rock norteamericano (también precursor poco reconocido de algunas de sus claves recientes) durante las últimas cuatro décadas, desplegó uno de sus proverbiales derroches escénicos, rebosantes de oficio y entrega. Obviamente, ni Peter Buck (R.E.M.) ni Scott McCaughy (Young Fresh Fellows), los dos músicos con los que dio forma al espléndido Burn Something Beautiful (2016), su último trabajo, estaban allí para apoyarle. Ni siquiera la guitarra de Kurt Bloch (Fastbacks) o la batería de John Moen (The Decemberists). 

Pero tampoco importó demasiado, porque los italianos Don Antonio (la banda del siciliano Antonio Gramentieri, quienes habían actuado antes como teloneros con una diversa ración de rock and roll de la vieja escuela) se erigieron en el complemento perfecto para una noche pródiga en momentos que bordearon lo memorable, como la robusta “Horizontal”, una “Sally Was a Cop” absolutamente incendiaria o la inesperada versión del “A Thousand Kisses Deep” de Leonard Cohen que se marcó para finalizar el primer bis. Suficiente para que el hecho de mentar a The Band o Neil Young & Crazy Horse no fuera esa noche, ni mucho menos, una herejía, sino el reconocimiento de un linaje al que este indesmayable músico se ha hecho acreedor con mayúsculas desde hace varias décadas. Un bolo extraordinario, y otra invocación a profesarle respeto máximo.


Carlos Pérez de Ziriza.  

jueves, 23 de marzo de 2017

Chuck Berry (1926-2017), el riff eterno

Nos hacemos eco de nuestro obituario sobre Chuck Berry, que ha publicado la Cartelera Turia en el número que se pone a la venta en kioscos y librerías este viernes.


                                             Chuck Berry:


Aunque los lamentos por su muerte han inundado las redes sociales (como suele ocurrir en estos casos), no había precisamente una gran inquietud últimamente en torno a la salud de Chuck Berry (St. Louis, Missuori, EEUU, 1926-St. Charles, Missouri, EEUU, 2017). No al menos más allá de constatar que, de aquella famosa fotografía en la que aparece junto a Leonard Cohen y Keith Richards, y que tanto se ha viralizado estos días, tan solo queda ya en pie el guitarrista de los Stones. Pese a su inapelable rol seminal en la mitología rock, gestada durante los años 50 del siglo XX a base de riffs canónicos y letras que, escritas astutamente desde su sagaz atalaya de la treintena, daban voz a la pujante clase media adolescente de la época, había algo en él que invitaba a no mitificarle en exceso: seguramente ese carácter propenso a la caricatura (se nos ocurre la palabra cartoonish, que emplean los anglosajones, pero no damos con mejor traducción), el mismo que le llevó a ser carne de reformatorio en su adolescencia, a caer en desgracia en 1959 tras la acusación por trata de blancas que dio con él en la cárcel (y que llegó un poco después de la marcha de Elvis al ejército o del desgraciado escándalo de Jerry Lee Lewis por casarse con otra menor: más síntomas de aquel ocaso generacional de mitos de los 50), a defraudar impuestos en 1979 o a ser multado por instalar videocámaras en los lavabos femeninos de un restaurante de su propiedad en 1990.

Amén de su estampa enjuta y malencarada, y de su bien ganada fama de huraño y avaro, poco dispuesto a regalar ni un minuto más de su tiempo en ninguno de esos conciertos en los que acostumbraba a cobrar por adelantado desde tiempos inmemoriales. Tanto quienes le vieron en Valencia en noviembre de 1992 (Arena Auditorium) como quienes lo hicieron en marzo de 2008 en Castellón (Auditori i Palau de Congressos), en las que fueron sus dos únicas visitas a la Comunidad Valenciana, podrán dar fe del celo con el que milimetraba sus conciertos. Y para redondear el cuadro en una cultura tan presta a la fagocitación de hallazgos sonoros, además -por si hace falta recordarlo- era negro. Tampoco se retiró nunca de los escenarios, salvo por imperativo legal, con lo que eso comporta en el sentido de formar parte habitual de un paisaje que tampoco tuvo mucho tiempo para echar en falta ese paso del pato del que hizo gala hasta sus últimos bolos. Más motivos para que la entronización solo fuera generalizada con carácter post mortem.

Con todo, abundar en la enorme influencia de sus canciones, aldabonazos básicos y elementales de la ortografía primeriza del rock and roll, puestos en circulación por la emblemática Chess Records, resulta seguramente reiterativo, pero corresponde hacerlo porque sin sus canciones no se entenderían los primeros balbuceos de los Rolling Stones, The Beatles e incluso -en menor medida, claro- los Beach Boys o Bob Dylan. Los dos primeros se abastecían primordialmente de su repertorio en sus primeros tiempos, lo que da una idea del fervor con el que su obra fue acogida en el Reino Unido desde la primera mitad de los años 60. Irónicamente, y en uno de esos chocantes lances del destino que a menudo depara la historia del rock, tuvo que lograr su único número uno en su propio país cuando ya se le consideraba una antigualla del pasado, en plena resaca hippy y con el glam en capilla, con la tontorrona "My ding-a-ling" (1972), referencia a la masturbación masculina. Para entonces, los riffs de guitarra que dieron forma a “School Days”, “Roll Over Beethoven”, “Too Much Monkey Business”, “Johnny B. Goode”, “You Never Can Tell” o “Sweet Little Sixteen”, y las historias de emancipación juvenil y sexual que él mismo escribía de su puño y letra (impepinables y concisas muestras de síntesis de la música popular: su papel como letrista se ha revindicado con frecuencia estos días) ya eran parte nuclear del Antiguo Testamento del rock. Vestigios de un pasado que parece de otra era, pero se resiste a morir: en breve verán la luz las canciones que pretendía incluir en su primer trabajo discográfico de estudio desde 1979, con las que empezó a celebrar su noventa cumpleaños. La primera, "Big Boys", ya lo ha hecho. 

Carlos Pérez de Ziriza.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Bearoid, Gatomidi, The Pows y Thee Vertigos: entregas en corto.

Decantándose por ir anticipando el contenido de sus álbumes mediante dosificados sencillos o puliendo EPs como decidida alternativa al formato largo, las entregas en formato corto, rasas y al pie, siguen siendo moneda de uso corriente en la escena valenciana. Esta semana abordamos cuatro ediciones francamente suculentas: lo nuevo de Bearoid, Gatomidi, The Pows y Thee Vertigos


Bearoid: la mirada caleidoscópica de Dani Belenguer.


La versatilidad de Dani Belenguer, que es el músico valenciano (afincado ahora en Barcelona) que se oculta tras la marca Bearoid, es más que patente a poco que uno repase su aún exigua discografía. Tanto los dos EPs que ha facurado hasta la fecha, el Sleep EP (Autoeditado, 2014) y Dawn At Home (Champagne Records, 2015), que albergaba la irresistible “Bad Karma”, como el resto de sencillos que ha ido dosificando en los últimos meses, daban buena cuenta de una forma de encarar la música en la que la apelación al soul, a la disco music, a la electrónica pura y dura, al r'n'b o al house eran algo más que un simple reclamo promocional para apelar a amplias capas de público. Sin ir más lejos, hace bien poco llevó a su terreno el “Antes de morirme” de C. Tangana, con producción de InnerCut, uno de los nombres -junto con sus paisanos Kostrok- a los que más se le ha asociado. Lo mejor que puede decirse de las canciones de Bearoid, con todo, es que no tienen nada que envidiar a cualquiera de sus referentes foráneos. El contagioso “At Your Funeral”, mezclado por el ubicuo Pau Paredes (Kostrok, STTL, Modelo de Respuesta Polar), y en el que afirma revertir cierto sentimiento de perplejidad ante la muerte en un satinado y contagioso tema de r'n'b, es la última prueba. Lo presentará el próximo sábado, 25 de marzo, en Madrid (Taboo), para continuar luego en Valencia el 6 de mayo (La 3) en una agenda que se presenta agitada, con actuación en el Arenal Sound de Burriana (1 de agosto) incluida.

Gatomidi, por su parte, entretienen la espera del que será su inminente tercer álbum (The Flower's Cavern, a editar el próximo 28 de abril) con el que es ya el cuarto adelanto de su contenido, un “Have Fun” que sustancia la vis más instantánea y luminosa de su propuesta, prácticamente un pildorazo de bubblegum pop, con Jimena Quejigo al frente del micro, y sin rastro de las borrascas eléctricas que envolvían su sonido hasta ahora (incluidos los otros tres avances). Habrá que estar al tanto del resto del álbum para comprobar cómo mezcla con el resto del disco, o para saber si el cambio de tercio es total o solo parcial. Para entonces, aún tendrán pendientes sus primeras presentaciones en directo, el 25 de mayo en Madrid (Maravillas) y el 2 de junio en Valencia (Loco Club, junto a Lost River Bastards y Doctor Lobo). 

Cambiando de tercio, “Warriors” es el prometedor primer sencillo en la trayectoria de The Pows, un trío de la ciudad de Valencia que se descuelga con un sonido en el que hay dos referentes meridianos: The Jam y, sobre todo, The Libertines (aunque una cosa pueda ser consecuencia lógica de la otra, desde luego). La canción destila desparpajo y oficio, y aviva la curiosidad por ver cómo desarrollarán su credo en un disco largo. Les ha producido el experimentado Pedro Bueno (Gas, Doctor Divago, Red Buffalo), quien bien podría ser su Mick Jones (disculpen el paralelismo barato). En breve editarán su primer EP, también en formato físico, del que formará parte este adelanto. 

Y cerramos este breve repaso a entregas locales en corto con Thee Vertigos, quienes tras la edición de un álbum -en 2015- y un EP -en 2014- , afrontan el presente ejercicio con una formación renovada (Miguel Carmona, de Teletexto, y Miguel Vispo se incorporan al cuarteto) y con un sonido también más sinuoso y atmosférico de lo que acostumbraban. Al menos a tenor del estupendo "The Wail", una magnética pieza de rythm and blues arrastrado, que han grabado en los estudios Tesla con la producción de José Miguel Crivillén, y que es el mejor aperitivo de cara a un inminente álbum cuyo contenido bien pueden ir desgranando como teloneros de The Delta Saints el sábado 25 de marzo en Vitoria (Hell Dorado), abriendo para The Sadies el 28 de marzo en Valencia (16 Toneladas) o compartiendo escenario nada menos que con los Fuzztones el 20 de abril en Barcelona (Marula Café).

BearoidAt Your Funeral (Noon Pacific Records)
GatomidiHave Fun (Molusco Producciones)
The PowsWarriors (Autoeditado)
Thee VertigosThe Wail (Autoproducido)

Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 12 de marzo de 2017

Crítica del concierto de Toy en Valencia

Reproducimos a continuación nuestra crítica del concierto que los británicos Toy y los gaditanos Holögrama ofrecieron hace unos días en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado esta semana en la Cartelera Turia.


Conocimiento vs esfuerzo

Toy: reviviendo las borrascas eléctricas del shoegaze y los armazones kraut con oficio pero mediante un rango expresivo limitado (Foto: María Carbonell)



De camino a La Rambleta, servidor se topaba por la calle con un viejo amigo que, al hilo de la escasa remuneración de ciertos trabajos (el periodístico, fundamentalmente, aunque no hacía falta hurgar más en la herida), me comentaba el que es para él uno de los más sangrantes desajustes en la valoración de ciertos roles en nuestra sociedad: lo mucho que se pone en valor el esfuerzo personal y lo poco que se distingue -por contra- el conocimiento. Ese conocimiento que solo se adquiere mediante el bagaje profesional. El desarreglo puede aplicarse a lo que él llama la economía conductual, y a cualquiera de sus aspectos. Pero el caso es que uno no podía dejar de pensar en ello una hora después, viendo a los londinenses Toy sobre el escenario. Las cuatro primeras canciones que abordaron en Valencia dejaron claro que, en esencia, tienen eso: cuatro canciones. El descarado remedo de My Bloody Valentine, la apuesta por un shoegaze de línea melódica algo más clara, la andanada sobre traqueteo kraut rock y el medio tiempo de rock and roll serpenteante, ácido y desafiante, en la estela de, pongamos, Black Rebel Motorcycle o Deerhunter


Nada que objetar: el mundo está repleto de estupendas bandas que explotan, básicamente, cuatro registros. Y giran sobre ellos con ligeras variaciones. Pero cuando el conocimiento ya se da por descontado, y además remite a hallazgos -sin excedente de imaginación- que hace 25 años nos hubieran volado la cabeza pero ahora nos estimulan ese cosquilleo de las emociones de segunda mano, rebozadas en sucesivas oleadas revivalistas, al final no queda más remedio que acabar (sobre) valorando el esfuerzo. Y en ese sentido, bien puede decirse que el quinteto londinense se batió el cobre muy dignamente. No cabía esperar más (quizá tampoco menos). Y esa óptica es seguramente la mejor si uno pretendía volver a casa razonablemente satisfecho. Los gaditanos Holögrama, por su parte, demostraron unos minutos antes lo bien que sigue cuajando sobre el escenario su cruce entre ritmos motorik, esencias psicodélicas y electrónica de desguace, con el mismo buen hacer que han mostrado en citas recientes como el pasado Monkey Week, pero con la inevitable frialdad escénica que impone un auditorio que, en ese momento de la noche, aún lucía prácticamente vacío.

Carlos Pérez de Ziriza.