lunes, 27 de marzo de 2017

Crítica del concierto de Alejandro Escovedo en Valencia

Reproducimos nuestra crítica del concierto que ofreció hace unos días Alejandro Escovedo en el Loco Club de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas de las Cartelera Turia de esta semana. 

Respeto máximo

Mr. Escovedo, quien incluso se atrevió a versionar al Leonard Cohen más crepuscular sobre el escenario del Loco Club (Foto: María Carbonell)

Con la marabunta fallera sometiendo a la ciudad al habitual estado de sitio de cada mes de marzo, el tejano Alejandro Escovedo, auténtico verso suelto y superviviente -en todos los sentidos- del rock norteamericano (también precursor poco reconocido de algunas de sus claves recientes) durante las últimas cuatro décadas, desplegó uno de sus proverbiales derroches escénicos, rebosantes de oficio y entrega. Obviamente, ni Peter Buck (R.E.M.) ni Scott McCaughy (Young Fresh Fellows), los dos músicos con los que dio forma al espléndido Burn Something Beautiful (2016), su último trabajo, estaban allí para apoyarle. Ni siquiera la guitarra de Kurt Bloch (Fastbacks) o la batería de John Moen (The Decemberists). 

Pero tampoco importó demasiado, porque los italianos Don Antonio (la banda del siciliano Antonio Gramentieri, quienes habían actuado antes como teloneros con una diversa ración de rock and roll de la vieja escuela) se erigieron en el complemento perfecto para una noche pródiga en momentos que bordearon lo memorable, como la robusta “Horizontal”, una “Sally Was a Cop” absolutamente incendiaria o la inesperada versión del “A Thousand Kisses Deep” de Leonard Cohen que se marcó para finalizar el primer bis. Suficiente para que el hecho de mentar a The Band o Neil Young & Crazy Horse no fuera esa noche, ni mucho menos, una herejía, sino el reconocimiento de un linaje al que este indesmayable músico se ha hecho acreedor con mayúsculas desde hace varias décadas. Un bolo extraordinario, y otra invocación a profesarle respeto máximo.


Carlos Pérez de Ziriza.  

jueves, 23 de marzo de 2017

Chuck Berry (1926-2017), el riff eterno

Nos hacemos eco de nuestro obituario sobre Chuck Berry, que ha publicado la Cartelera Turia en el número que se pone a la venta en kioscos y librerías este viernes.


                                             Chuck Berry:


Aunque los lamentos por su muerte han inundado las redes sociales (como suele ocurrir en estos casos), no había precisamente una gran inquietud últimamente en torno a la salud de Chuck Berry (St. Louis, Missuori, EEUU, 1926-St. Charles, Missouri, EEUU, 2017). No al menos más allá de constatar que, de aquella famosa fotografía en la que aparece junto a Leonard Cohen y Keith Richards, y que tanto se ha viralizado estos días, tan solo queda ya en pie el guitarrista de los Stones. Pese a su inapelable rol seminal en la mitología rock, gestada durante los años 50 del siglo XX a base de riffs canónicos y letras que, escritas astutamente desde su sagaz atalaya de la treintena, daban voz a la pujante clase media adolescente de la época, había algo en él que invitaba a no mitificarle en exceso: seguramente ese carácter propenso a la caricatura (se nos ocurre la palabra cartoonish, que emplean los anglosajones, pero no damos con mejor traducción), el mismo que le llevó a ser carne de reformatorio en su adolescencia, a caer en desgracia en 1959 tras la acusación por trata de blancas que dio con él en la cárcel (y que llegó un poco después de la marcha de Elvis al ejército o del desgraciado escándalo de Jerry Lee Lewis por casarse con otra menor: más síntomas de aquel ocaso generacional de mitos de los 50), a defraudar impuestos en 1979 o a ser multado por instalar videocámaras en los lavabos femeninos de un restaurante de su propiedad en 1990.

Amén de su estampa enjuta y malencarada, y de su bien ganada fama de huraño y avaro, poco dispuesto a regalar ni un minuto más de su tiempo en ninguno de esos conciertos en los que acostumbraba a cobrar por adelantado desde tiempos inmemoriales. Tanto quienes le vieron en Valencia en noviembre de 1992 (Arena Auditorium) como quienes lo hicieron en marzo de 2008 en Castellón (Auditori i Palau de Congressos), en las que fueron sus dos únicas visitas a la Comunidad Valenciana, podrán dar fe del celo con el que milimetraba sus conciertos. Y para redondear el cuadro en una cultura tan presta a la fagocitación de hallazgos sonoros, además -por si hace falta recordarlo- era negro. Tampoco se retiró nunca de los escenarios, salvo por imperativo legal, con lo que eso comporta en el sentido de formar parte habitual de un paisaje que tampoco tuvo mucho tiempo para echar en falta ese paso del pato del que hizo gala hasta sus últimos bolos. Más motivos para que la entronización solo fuera generalizada con carácter post mortem.

Con todo, abundar en la enorme influencia de sus canciones, aldabonazos básicos y elementales de la ortografía primeriza del rock and roll, puestos en circulación por la emblemática Chess Records, resulta seguramente reiterativo, pero corresponde hacerlo porque sin sus canciones no se entenderían los primeros balbuceos de los Rolling Stones, The Beatles e incluso -en menor medida, claro- los Beach Boys o Bob Dylan. Los dos primeros se abastecían primordialmente de su repertorio en sus primeros tiempos, lo que da una idea del fervor con el que su obra fue acogida en el Reino Unido desde la primera mitad de los años 60. Irónicamente, y en uno de esos chocantes lances del destino que a menudo depara la historia del rock, tuvo que lograr su único número uno en su propio país cuando ya se le consideraba una antigualla del pasado, en plena resaca hippy y con el glam en capilla, con la tontorrona "My ding-a-ling" (1972), referencia a la masturbación masculina. Para entonces, los riffs de guitarra que dieron forma a “School Days”, “Roll Over Beethoven”, “Too Much Monkey Business”, “Johnny B. Goode”, “You Never Can Tell” o “Sweet Little Sixteen”, y las historias de emancipación juvenil y sexual que él mismo escribía de su puño y letra (impepinables y concisas muestras de síntesis de la música popular: su papel como letrista se ha revindicado con frecuencia estos días) ya eran parte nuclear del Antiguo Testamento del rock. Vestigios de un pasado que parece de otra era, pero se resiste a morir: en breve verán la luz las canciones que pretendía incluir en su primer trabajo discográfico de estudio desde 1979, con las que empezó a celebrar su noventa cumpleaños. La primera, "Big Boys", ya lo ha hecho. 

Carlos Pérez de Ziriza.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Bearoid, Gatomidi, The Pows y Thee Vertigos: entregas en corto.

Decantándose por ir anticipando el contenido de sus álbumes mediante dosificados sencillos o puliendo EPs como decidida alternativa al formato largo, las entregas en formato corto, rasas y al pie, siguen siendo moneda de uso corriente en la escena valenciana. Esta semana abordamos cuatro ediciones francamente suculentas: lo nuevo de Bearoid, Gatomidi, The Pows y Thee Vertigos


Bearoid: la mirada caleidoscópica de Dani Belenguer.


La versatilidad de Dani Belenguer, que es el músico valenciano (afincado ahora en Barcelona) que se oculta tras la marca Bearoid, es más que patente a poco que uno repase su aún exigua discografía. Tanto los dos EPs que ha facurado hasta la fecha, el Sleep EP (Autoeditado, 2014) y Dawn At Home (Champagne Records, 2015), que albergaba la irresistible “Bad Karma”, como el resto de sencillos que ha ido dosificando en los últimos meses, daban buena cuenta de una forma de encarar la música en la que la apelación al soul, a la disco music, a la electrónica pura y dura, al r'n'b o al house eran algo más que un simple reclamo promocional para apelar a amplias capas de público. Sin ir más lejos, hace bien poco llevó a su terreno el “Antes de morirme” de C. Tangana, con producción de InnerCut, uno de los nombres -junto con sus paisanos Kostrok- a los que más se le ha asociado. Lo mejor que puede decirse de las canciones de Bearoid, con todo, es que no tienen nada que envidiar a cualquiera de sus referentes foráneos. El contagioso “At Your Funeral”, mezclado por el ubicuo Pau Paredes (Kostrok, STTL, Modelo de Respuesta Polar), y en el que afirma revertir cierto sentimiento de perplejidad ante la muerte en un satinado y contagioso tema de r'n'b, es la última prueba. Lo presentará el próximo sábado, 25 de marzo, en Madrid (Taboo), para continuar luego en Valencia el 6 de mayo (La 3) en una agenda que se presenta agitada, con actuación en el Arenal Sound de Burriana (1 de agosto) incluida.

Gatomidi, por su parte, entretienen la espera del que será su inminente tercer álbum (The Flower's Cavern, a editar el próximo 28 de abril) con el que es ya el cuarto adelanto de su contenido, un “Have Fun” que sustancia la vis más instantánea y luminosa de su propuesta, prácticamente un pildorazo de bubblegum pop, con Jimena Quejigo al frente del micro, y sin rastro de las borrascas eléctricas que envolvían su sonido hasta ahora (incluidos los otros tres avances). Habrá que estar al tanto del resto del álbum para comprobar cómo mezcla con el resto del disco, o para saber si el cambio de tercio es total o solo parcial. Para entonces, aún tendrán pendientes sus primeras presentaciones en directo, el 25 de mayo en Madrid (Maravillas) y el 2 de junio en Valencia (Loco Club, junto a Lost River Bastards y Doctor Lobo). 

Cambiando de tercio, “Warriors” es el prometedor primer sencillo en la trayectoria de The Pows, un trío de la ciudad de Valencia que se descuelga con un sonido en el que hay dos referentes meridianos: The Jam y, sobre todo, The Libertines (aunque una cosa pueda ser consecuencia lógica de la otra, desde luego). La canción destila desparpajo y oficio, y aviva la curiosidad por ver cómo desarrollarán su credo en un disco largo. Les ha producido el experimentado Pedro Bueno (Gas, Doctor Divago, Red Buffalo), quien bien podría ser su Mick Jones (disculpen el paralelismo barato). En breve editarán su primer EP, también en formato físico, del que formará parte este adelanto. 

Y cerramos este breve repaso a entregas locales en corto con Thee Vertigos, quienes tras la edición de un álbum -en 2015- y un EP -en 2014- , afrontan el presente ejercicio con una formación renovada (Miguel Carmona, de Teletexto, y Miguel Vispo se incorporan al cuarteto) y con un sonido también más sinuoso y atmosférico de lo que acostumbraban. Al menos a tenor del estupendo "The Wail", una magnética pieza de rythm and blues arrastrado, que han grabado en los estudios Tesla con la producción de José Miguel Crivillén, y que es el mejor aperitivo de cara a un inminente álbum cuyo contenido bien pueden ir desgranando como teloneros de The Delta Saints el sábado 25 de marzo en Vitoria (Hell Dorado), abriendo para The Sadies el 28 de marzo en Valencia (16 Toneladas) o compartiendo escenario nada menos que con los Fuzztones el 20 de abril en Barcelona (Marula Café).

BearoidAt Your Funeral (Noon Pacific Records)
GatomidiHave Fun (Molusco Producciones)
The PowsWarriors (Autoeditado)
Thee VertigosThe Wail (Autoproducido)

Carlos Pérez de Ziriza.

domingo, 12 de marzo de 2017

Crítica del concierto de Toy en Valencia

Reproducimos a continuación nuestra crítica del concierto que los británicos Toy y los gaditanos Holögrama ofrecieron hace unos días en La Rambleta de Valencia, tal y como se ha publicado esta semana en la Cartelera Turia.


Conocimiento vs esfuerzo

Toy: reviviendo las borrascas eléctricas del shoegaze y los armazones kraut con oficio pero mediante un rango expresivo limitado (Foto: María Carbonell)



De camino a La Rambleta, servidor se topaba por la calle con un viejo amigo que, al hilo de la escasa remuneración de ciertos trabajos (el periodístico, fundamentalmente, aunque no hacía falta hurgar más en la herida), me comentaba el que es para él uno de los más sangrantes desajustes en la valoración de ciertos roles en nuestra sociedad: lo mucho que se pone en valor el esfuerzo personal y lo poco que se distingue -por contra- el conocimiento. Ese conocimiento que solo se adquiere mediante el bagaje profesional. El desarreglo puede aplicarse a lo que él llama la economía conductual, y a cualquiera de sus aspectos. Pero el caso es que uno no podía dejar de pensar en ello una hora después, viendo a los londinenses Toy sobre el escenario. Las cuatro primeras canciones que abordaron en Valencia dejaron claro que, en esencia, tienen eso: cuatro canciones. El descarado remedo de My Bloody Valentine, la apuesta por un shoegaze de línea melódica algo más clara, la andanada sobre traqueteo kraut rock y el medio tiempo de rock and roll serpenteante, ácido y desafiante, en la estela de, pongamos, Black Rebel Motorcycle o Deerhunter


Nada que objetar: el mundo está repleto de estupendas bandas que explotan, básicamente, cuatro registros. Y giran sobre ellos con ligeras variaciones. Pero cuando el conocimiento ya se da por descontado, y además remite a hallazgos -sin excedente de imaginación- que hace 25 años nos hubieran volado la cabeza pero ahora nos estimulan ese cosquilleo de las emociones de segunda mano, rebozadas en sucesivas oleadas revivalistas, al final no queda más remedio que acabar (sobre) valorando el esfuerzo. Y en ese sentido, bien puede decirse que el quinteto londinense se batió el cobre muy dignamente. No cabía esperar más (quizá tampoco menos). Y esa óptica es seguramente la mejor si uno pretendía volver a casa razonablemente satisfecho. Los gaditanos Holögrama, por su parte, demostraron unos minutos antes lo bien que sigue cuajando sobre el escenario su cruce entre ritmos motorik, esencias psicodélicas y electrónica de desguace, con el mismo buen hacer que han mostrado en citas recientes como el pasado Monkey Week, pero con la inevitable frialdad escénica que impone un auditorio que, en ese momento de la noche, aún lucía prácticamente vacío.

Carlos Pérez de Ziriza.


viernes, 24 de febrero de 2017

Crítica del concierto de León Benavente

Reproducimos la crítica del concierto que ofrecieron León Benavente hace unos días en la sala Moon de Valencia, tal y como se ha publicado en la Cartelera Turia.

Triunfo por aplastamiento

León Benavente: en racha. 

Con la contundencia del martillo pilón, León Benavente siguen contando sus conciertos por victorias. Por aplastamiento. Hay incluso algo esencialmente incómodo en la sobrada autosuficiencia con la que despachan sus demostraciones de eficacia. Como si el ingreso en los escenarios de nuestras grandes ligas llevara aparejado el estruendo, la seguridad de que el poderío se expresa fundamentalmente a través de un vehemente derroche de volumen, y ciertos matices puedan empezar a quedar en un plano secundario. En cualquier caso, su directo sigue impresionando. Desde que agotaran todo el papel a la venta en la sala Wah Wah, en aquella primera visita a Valencia en diciembre de 2013, el calado de su propuesta se ha ido sustanciando por aquí en la forma en la que cada vez más y más gente se acerca a sus conciertos. Hace algo más de un año recalaban en la misma sala, la antigua Roxy, pero ahora prácticamente doblaban su poder de convocatoria recabando un llenazo anunciado desde unos días antes.

Entonces ya advertíamos de que no lo iban a tener fácil para reeditar las virtudes de un debut excelente, pero el oficio es algo que va en el sueldo de Boba, Baos, Rodríguez y Verdú, algo que se les presupone, y tanto el estudio como -sobre todo- el escenario son su mejor hábitat. De hecho, la línea de continuidad es tan clara entre ambos trabajos (algunos trucos son aumentados y mejorados en el segundo de ellos) que prácticamente se repartieron el temario de la noche al cincuenta por ciento, de forma alterna. Si entonces la urgencia de “Ser Brigada” encarnaba un ardiente colofón, ahora son “Gloria” o “Aún no ha salido el sol” su mejor preludio. Si “Ánimo, valiente” invitaba al karaoke colectivo por su trabazón generacional, ahora “Tipo D” hace lo propio asumiendo su burlona aspiración de hit. Su acreditada base rítmica podría tocar sin delices con los ojos vendados y ese -cada vez más- elocuente frontman que es Abraham Boba ha ganado en rango expresivo, con todas las dosis de efectismo que se quieran: “Habitación 615”, por ejemplo, esquina su discurso más hacia el relato sinuoso que hacia la prédica, acercándole a la dicción del hip hop. Solo la aplicada versión de “Han caído los dos”, de Radio Futura, acható por unos minutos el vigoroso trazo propio de una banda cuyo crecimiento, al menos de momento, no vislumbra límites.



Carlos Pérez de Ziriza.   

miércoles, 22 de febrero de 2017

Entrevista a Lidia Damunt

Esta es la entrevista íntegra que mantuvimos hace unas semanas con Lidia Damunt al hilo de Telepatía, su último álbum, y cuya versión en papel fue publicada en el número de enero de la revista Mondosonoro

“Siempre me han gustado mucho el blues o el country, pero esta vez he querido que mis canciones fueran más pop”

Lidia Damunt: fibra y melodía. 

La fibra y la desnudez de sus primeros trabajos, pero también la inclinación pop de algunas de sus secuelas. Ambas cosas se combinan en Telepatía (Tormina Records, 2016), el quinto álbum de la murciana Lidia Damunt. La ex Hello Cuca nos atiende para habar de él desde Malmö (Suecia), donde reside desde hace ya más de un lustro.

Tras un trabajo de versiones de material ajeno como fue “Gramola” (Tormina, 2014), compuesto por versiones de Violeta Parra, Chabuca Granda o Julieta Venegas, y otro anterior con Genís Segarra (Austrohúngaro, Hidrogenesse), como “Vigila el fuego” (Austrohúngaro, 2012), se puede decir que vuelves a tu registro más básico, un poco a los orígenes. ¿Por qué?

Yo creo que es porque cuando hago discos con más arreglos, luego en directo no me gustan. Igual soy un poco rara, pero cuando toco en directo me gusta poder marcar el ritmo con el pie, con la pandereta... por ejemplo en “Gramola” había una canción que para tocar en directo, yo sola, me resultaba imposible. Sé que nunca voy a tener una banda con la que acompañarme. Bueno, es un poco más delicado hacerlo así, como lo hago ahora.

Has tratado de sintetizar diferentes fases de tu carrera en este disco, ¿no? Lo digo porque quizá la forma sí sea como las de tus trabajos más lejanos, austera y seca, pero el fondo (la estructura de las canciones) es más compleja que en aquellos discos, ¿no?

Sí, he trabajado mucho las canciones, porque son muy sencillas pero a la vez yo quería que fueran un poquito más pop. Con esa forma tan directa, tan sencilla y un poco punk, pero con melodías nuevas, a diferencia de lo que hacía en mis dos primeros discos. Siempre me han gustado mucho el blues o el country, pero esta vez he querido que fuera más pop.

Se trata del segundo trabajo que editas en tu propio sello, Tormina Records. Con la distancia recorrida, desde los tiempos de Hello Cuca hasta hoy, ¿crees que la autoedición es la mejor opción hoy en día?

Bueno, no siempre. No lo sé, depende de cómo le funcione a cada uno. A mi, al estar aquí en Suecia, me viene bien. Si de repente quiero grabar algo, pues lo hago, soy muy así. Y como hoy en día los sellos no pagan nada... para mi es algo bueno. Me viene bien para hacer CDs, pero luego vinilos no puedo hacer, porque como envío por correo los discos, pues no puedo ponerme a enviar vinilos. A mi me va bien la autoedición, y hoy en día mucha gente lo prefiere, pero tampoco puedo decir que sea necesariamente lo mejor. Yo tampoco hago súper bien todo lo de la promo. Ahora mismo me compensa hacerlo yo misma, me gusta luego hacer los envíos a la gente, tiene su parte entretenida.

Has trabajado con José María Rosillo (Amaral, Jorge Drexler, Marlango, Sexy Sadie, The Sunday Drivers), quien coproduce el álbum, que se grabó solo en los primeros cuatro días de noviembre. ¿Cómo surge esa relación y cuál ha sido su aportación en un disco ya de por sí bastante austero?

Mi primer disco lo masterizó él, porque salió en Lucinda Records, que era un sello de Subterfuge y como él trabajaba con Subterfuge, pues lo hizo. Después, hace un tiempo, Single sacaron un disco que grabaron en su estudio, creo que era el “Anexo” (2012). Me gustaba cómo sonaba ese disco. Les pregunté qué tal fue la grabación y pensé que quizás yo podría grabar también con él con los años. Y luego no es que él fuera exactamente a hacer la producción de este disco, pero una vez ahí se metió mucho en el rol, le gustaba y empezó a producir. Y fue muy bien.

Supongo que la aportación de Teresa Iturrioz en el disco, que mete su voz en “Quién puede arreglar”, también proviene de ahí...

Eso fue por casualidades de la vida, porque yo soy muy fan de Single pero nunca me hubiera atrevido a pedirle que colaborase, me daba un poco de corte. Pero todo fue muy rápido. Yo llevaba ya un par de meses ensayando y cuando llegué al estudio, al segundo dia de grabar, ya tenía la voz cascadilla, un poco mal, y me faltaba solo grabar esa canción, Hice las estrofas pero los estribillos no, porque era súper agudo, y de repente me quedé afónica total. Susurrando, no podía ni hablar. Y estuve pensado si quitar la canción o qué hacer, y al final se me ocurrió preguntarle a Teresa, le mandé un mensaje y dijo que sí, se vino, y en menos de una hora oyó la maqueta de la canción, la cantó y así de rápido fue.

Hay un sentido del humor que cobra especial relieve en este disco, en canciones como “Bolleras como tú”, por ejemplo. ¿Te sirve para relativizar las cosas?

Siempre me ha gustado aplicar el sentido del humor, en los tiempos de Hello Cuca hacía cómics y siempre estaba con eso. Luego, a la hora de hacer música en solitario, recuerdo que algunas canciones de primer disco tenían ese toque, como “Pagan por tocar”, que también tenían su guasa. Y luego perdí un poco eso, siento que mis canciones no han mostrado ese humor. Y en este disco me expongo más sentimentalmente, y el humor me sirve, como tú dices, para relativizar y quitar hierro a las cosas, que sean como “bah, qué fuerte todo”. Y me sirve para contar historias. Hay que reírse un poco de todo.

También se aprecia en “Mi guitarra”, en la que cantas “mi guitarra es una máquina de matar el tiempo”, parafraseando a tu manera aquel slogan de Woody Guthrie. ¿Es una forma de quitar hierro a cualquier posible comparación con él o al supuesto poder transformador del rock en la sociedad?

No, es una canción un poquito triste. Mi padre se murió hace dos años, porque le dio un cáncer y se murió muy rápido, y yo esos días, en el hospital -tuve que cancelar algún concierto- siempre estaba con mi guitarra, y me acordaba de esa frase de Woody Guthrie, porque para mi la guitarra era una forma de matar el tiempo. Él estuvo ingresado e inconsciente como 18 días, y al final nunca se despertó, y eso de estar esperando con la guitarra ahí sentada, pues me generaba mucha impotencia, esa inutilidad de cuando no puedes hacer nada. Y luego también, lo de matar el tiempo con la guitarra, es esa cosa de cuando empiezas y los padres te dicen que estás perdiendo el tiempo y te dediques a otras cosa... yo qué se, es un poco difícil explicar la canción. A lo mejor solo la entiendo yo. Hay otras en el disco que son más fáciles de entender.

Llevas unos seis años viviendo en Suecia. ¿Cómo ves desde allí la actualidad musical española?

Voy siguiendo cosas, hay bastantes cosas chulas. Aunque muchos grupos son los mismos que cuando yo aún estaba allí, como Hidrogenesse, Kokoschka, La Bien Querida... y luego a nivel un poquito más mainstream, ahí ya no controlo tanto. Voy pescando cosas. A nivel underground sí que están saliendo cosas, en Madrid -por ejemplo- que me gustan, como Hinds o Las Odio, pero tampoco tengo una visión global de cómo están las cosas. Hay un montón de grupos que tocan en los grandes festivales, una escena indie establecida, y luego un montón de grupos como más underground, entre los que me puedo incluir. Pero tampoco pienso mucho en ello ni me preocupa. Yo suelo ir a donde me llamen, aunque donde más me gusta tocar es en salas.

Carlos Pérez de Ziriza.


viernes, 17 de febrero de 2017

Crítica del concierto de Cala Vento en Valencia

Esta es la crítica del concierto que ofrecieron Cala Vento hace unos días en la sala Magazine Club de Valencia, tal y como se ha publicado en las páginas del número de la Cartelera Turia que se pone a la venta esta semana.

Valor de futuro

Cala Vento: el power dúo de L'Empordà, recogiendo el fruto de su trabajo.


Seguramente sea una cuestión de tiempo, pero a Cala Vento solo les hace falta creérselo un poco más. Al menos sobre el escenario, porque los dos álbumes que han despachado en menos de un año les habilitan como sagaces (y precoces, dada su edad) equilibristas entre el filo post hardcore que siempre caracterizó a la escudería BCore -de la que proceden- y las explosiones de pop diáfano, en su caso sazonadas con textos que desvelan esa zozobra juvenil por la que todos hemos -o deberíamos, si tenemos sangre en las venas, y no horchata- pasado. Cerca de un centenar de almas se acercaron al Magazine para disfrutar de un concierto que tardó un poco en entrar en combustión (de ahí lo que decíamos sobre creérselo), pero una vez lo hizo, adquirió velocidad de crucero con canciones tan inapelables como “Isabella Cantó”, “Abril”, “Historias de Bufanda”, “Isla Desierta” o“Antes de él” (con esos cambios de ritmo y textura que delatan su progresión), con las que el dúo de L'Empordà formado por Joan Delgado y Aleix Turon (guitarra y batería) dejaba constancia, por primera vez en Valencia, del enorme potencial transversal (no había más que ver el amplio rango de edad entre el público, inusual en la mayoría de conciertos) que alberga su propuesta. Los valencianos Fantastic Explosion Of Time hicieron de teloneros, con un pase de pysch pop de nueva generación que apunta maneras, en algún punto entre Ty Segall y Connan Mockasin, pero que devino en algo rutinario por su excesivo tramo final.  

Carlos Pérez de Ziriza.